• REVISTA MANTIS

Todas las vidas. Relato trans: la historia de Viviana González. Parte 1

Soy cuerpo humano que se desvanece; alma trava que resiste mil dolores

Soy mariposa que reposa en tus nalgas

Y luego soy tosca expulsada al río.

Diana Sacayán


Por Julieta Ferrando y Belén Durruty -


Cuando entrás al Bachillerato Popular Trans-Travesti “Mocha Celis”, se nota que esta institución se posiciona desde la inclusión, por su nombre y por el arco iris de las guardas que decoran las paredes. En la puerta te recibe un Sarmiento maquillado, transformado, que nos invita a pensar que la Mocha es un lugar donde se apropian de la distinción y discriminación que supo teorizar este personaje nefasto. Nos es ajeno pensar en espacios educativos que, estructuralmente, se constituyan como la contracara de lo instaurado socialmente. Este espacio abraza a las disidencias a las que históricamente se dejó afuera de todo: de la escuela, del trabajo y de la historia.

Conocimos en profundidad a Viviana González, presidenta del centro de estudiantes de la Mocha, pudimos dar cuenta de un pasado trans que no aparece en los libros de historia. De primera mano nos llega un testimonio de cómo vivía su colectiva en los 80. Por un lado, destaca lo que históricamente se le negó: su deseo, en el año 82’, de entrar a la secundaria con doce años, y no poder hacerlo por su identidad. Por otro lado, su mirada, hoy en día, que refleja haber encontrado su lugar en el mundo, un lugar en el que ya no tiene que encajar ni acomodarse. Pónganse cómodes y disfruten de este relato.


Fotografía por Solange Avena -

Camino a la Mocha

“Cuando hago un relato, lo hago de forma cronológica para que se entienda porque pasó mucho tiempo. Cuando llegué a La Mocha no sabía de este espacio, no sabía que había un colegio para chicas trans. La Mocha Celis es el primer colegio en el mundo, en el planeta, que se da desde y por el amor a la identidad travesti-trans. Después de la Ley de Identidad empezamos a usar ese derecho que nos habían negado en varios espacios educativos, pero esto se empezó a pensar antes de ella, porque se creía y se entendía que se nos había negado más de un derecho. Se abría una posibilidad mía y de otras personas de volver a lo que se nos negó en relación a la educación. Cuando se formó La Mocha Celis fue un año antes, de hecho, de la Ley de Identidad. Desde la Ley una travesti podía ir a ocupar esos espacios, pero exponernos a esos lugares que nos fueron negados toda la vida era bastante violento. Mucha gente todavía se quedó con su mundo prohibido y, además, no le gustaba a la gente tener una chica trans sentada al lado.


Para las personas con ese deseo de estudiar, sentarse al lado de gente a la que no se le había negado ese derecho, como si nada, igual implicaba sentirnos violentadas. Entonces fue necesario formar un espacio de nosotras. Llegar y encontrar una persona trans y que el colegio sea para personas trans, donde ellas sientan que el espacio les pertenece y no tratar de meterse en un mundo donde ellos no están acostumbrados a nosotras tanto para los compañeros como para los docentes mismos. Tener una chica trans sentada ahí que llega llena de preguntas, que como yo no pudimos estudiar, vivíamos en las calles, ejercíamos la prostitución y, por lo tanto, no llegamos a la educación en el tiempo necesario.


Yo, cuando tuve la oportunidad de estudiar, tenía doce años, en el año ‘82 y a mí no me dejaron participar por ser trans. A los ocho años fue mi transformación, de los ocho a los once, ya tuve asumida mi identidad de Viviana hormonizada.”


Fotografía por Solange Avena -

“Vos no podés entrar disfrazado así al colegio”


“En la primaria lo tomaron normalmente, era obvio que estaba atravesando ese cambio, era una criatura jugando. Un buen día terminé la primaria y con mis compañerites seguimos todes juntes, salimos todes juntes y todes juntes nos fuimos a una cuadra de la primaria donde estaba la secundaria y todes elles se inscribieron. Cuando llegó mi momento, me dijeron: ‘Ahh… Vos acá no. Vos no podés entrar disfrazado así al colegio’. Y yo no sentí que estaba disfrazado, yo era Viviana y me decían vos no podés venir vestido de mujer. O sea, primero me aceptaban, me invitaban vení, pasá, porque pensaban que era una nena, pero cuando vieron mi DNI, me dijeron (claro… año ‘82, era impensado) ‘Pero vos sos varón’. Y yo respondo ‘No, soy Viviana’.


Y me dijeron que no, me dijeron que estaba enfermo, me dijeron que estaba loco y en mi casa no me trataban así. Entonces, mi mamá se fue a quejar y la trataron de enferma a ella. Le dijeron que ella había hecho esto de mí, que esto no era real. Lo intentamos en otros colegios, habremos recorrido treinta de diferentes localidades para ver si alguno me aceptaba.”


La vida trans


“Las trans eran personas mayores, no las veías. Solo aparecían de noche, ejerciendo la prostitución, se tenían que quedar encerradas en sus hoteles y sus casas, porque donde te identificaran te encarcelaban. Si hay una persona por la calle, llega un patrullero, se violentan contra ella, le pegan y le pegan, la arrastran y la meten de los pelos a un patrullero, la gente va a pensar ‘algo habrá hecho, por eso se la llevan en cana’, lejos de entender que nos golpean por el hecho de ser. No hacíamos ningún delito, solo se defendía nuestra identidad.


Cuando se entendió que lo nuestro no era una enfermedad, nuestra identidad, salió la Ley. ‘Perdonen, nos confundimos con ustedes, les pegamos al pedo, las metimos en cana al pedo, les privamos derechos al pedo, así que ahora tienen documento’. Y… ¡Sí! Pero, ¿y el daño que ya nos hicieron? Yo tenía 12 años cuando quería estudiar y no me dejaron, siendo una persona re traga, que ama estudiar. Le escribía poesías a mi mamá. Era la forma que encontraba para devolverle el amor y las caricias que ella me daba y mi papá nunca supo darle. Mi papá era un alcohólico violento que ejercía violencia de género en mi casa, la he visto a mi mamá sangrar. Un día mi mamá decidió dejarlo y nos crió a los ponchazos como pudo, en la extrema pobreza.

Yo como toda persona chiquitita, pobre, soñaba con ser docente y mis maestros me decían que iba a ser poeta, parecía que tenía futuro en eso. Pero mi sueño era ser docente, yo quería ser la primera profesional de mi familia. Elles (son) de Corrientes y a mí me tira mucho mi pasión por el campo, los caballos.


Cuando se me negó la posibilidad de estudiar, pensé que era el principio del fin. Yo sabía que no iba a llegar a la universidad, yo quería ser artista, médica o docente, y al negarse esa posibilidad se alejaba cada vez más mi sueño. Cada vez que íbamos a buscarme una vacante con mi mamá, la gente de la escuela habilitaba la negociación, que si yo iba vestido de varón podía estudiar, pero yo ya había pasado esa etapa.

En un país machista donde todos los privilegios son para el hombre, imaginate, para nosotras querer renunciar a ellos era impensado”.


“El Estado me negó la posibilidad”


“Yo hacía deporte desde que tenía 3 años, me había llevado mi mamá. Ella siempre había tenido el sueño de tener un hijo boxeador. Como no había boxeo femenino, empecé artes marciales.


Cuando se me negó el derecho a estudiar, a los 12 años, en mi casa eran muy pobres, había que salir a trabajar, pero ser una persona trans implicaba que no me tomaran en un trabajo tan fácilmente. Existió la propuesta de que saliera a trabajar a la ruta como prostituta, con chicas más grandes que yo. En mi casa había que comer y mi mamá por supuesto que no lo sabía. Le decía que me iba con mis amigas a hacer una changa por ahí. Me escapaba toda la noche a trabajar y al otro día llevaba a mi casa carne, pan, leche, todo lo que hiciera falta. Con el tiempo mi mamá se enteró y se enojó mucho. Pero seguí trabajando.


Yo tenía 12 años, y en vez de estar en un salón de clases, estaba ejerciendo la prostitución en los pajonales, en la oscura ruta de la Panamericana, en lugar de estar en un aula con mis compañeritos, porque el Estado me negó la posibilidad.

Ya para ese entonces dejé de escribir poesías, porque nada de lo que pasaba me gustaba. Me hice adulta a temprana edad. Se nos metía en un calabozo, en vez de en un salón de clases, por hacer lo único que nos dejaban hacer. No podíamos estudiar, ni trabajar. Éramos doblemente violentadas siempre, no teníamos acceso a la salud, los hospitales no nos querían atender, no podíamos ir a ningún lado que no sea (para) trabajar. Fuimos ese pedacito que se olvidó la sociedad cuando volvió la democracia. Porque seguíamos entrando y saliendo del calabozo, sólo por trabajar.

Yo seguía yendo al club de Karate, porque lo único que me abrazó a mi fue el deporte. Cuando le dije a mi entrenador que ya no era Walter, sino que en mi casa me llamaba Viviana, no fue de extrañar, porque era algo que se podía ver, era claramente muy maricón, tenía el pelo largo, maquillaje, pero nadie decía nada. Claro, porque cuando yo iba ganaba los torneos infantiles y tenía mucho potencial para eso, porque había algo muy fuerte que pesaba en mí, que yo veía cómo le pegaban a mi mamá y yo de alguna manera quería demostrarle a ella que también se podía podía defender y que no se dejara pegar nunca más por ningún hombre. Yo no me permitía perder una pelea. Si bien no se veía gente trans durante el día, yo me vestía de nena. A los 12 años era cinturón negro y al profesor eso le servía, porque tenían un nene que era campeón en su categoría. Cuantos más campeones tenían podían llamar a más gente a participar de la clase.


Nunca dejé el deporte. Mantenía la prostitución con todo lo que ello conlleva: noche, drogas, golpes, violaciones, escapando de las balas de la policía (¡una nena de 12 años!). (Todo) junto al deporte.


Cuando tenía 17 años, fue el último año que trabajé en Panamericana, porque me llevaron a tener que tirarme al Reconquista de cabeza porque me perseguía la policía y yo sentía que las balas me pasaban por al lado. Desde niña he visto morir a mis compañeras a tiros y patadas por la policía.


Empecé a trabajar en un departamento con clientes privados en Capital. Al mismo tiempo iba a clubes que tenían mejores torneos, con mi nombre de varón, en categoría masculina. Yo tenía mucho potencial para ganar medallas. Yo cuando lo hacía, lo hacía por todas las mujeres que estaban ahí, quería que se sintieran identificadas conmigo. No podían soportar que una mujer, ¡que una trava los diera vuelta de dos tortazos! Cuando vos te hormonizás, tu fuerza baja, te ponés al mismo nivel hormonal que una mujer. Si yo podía, ellas también, era cuestión de técnica y agallas”.


Fotografía por Solange Avena -

La Karateca


“En el club me empezaron a tener respeto. Al principio me burlaban, pero cuando veían que no podían, que no podían, que no podían, que era imposible bajarme, me dijeron ‘Ah... pero te está yendo muy bien’. Yo pasé a ser titular del seleccionado, no suplente. Yo le había ganado al titular del seleccionado y conmigo (en) los torneos, siempre ganábamos. A ellos les convenía llevar a alguien que seguro iba a ganar. Entonces decían: ‘bueno, tratá de no traerte mucho maquillaje en la cara’. Al pedo, porque yo era Piñón Fijo. Y les dije ‘si no me dejan pintarme yo no vengo’, y entonces me dijeron ‘venite como quieras’. Y decirle a una marica 'venite como quieras' es decirle ‘traete la comparsa de Gualeguaychú puesta encima’, porque yo me ponía todo lo que era necesario para que se viera que yo era diferente a las demás.


La gente entonces me empezó a agarrar respeto y cariño. Y cuando iban, se agolpaban todos para verme. Decían ‘vení, vení que va a pelear una trava’, y ellos sabían que yo iba a presentar un buen combate. El hecho de que ganara o no, eso se iba a ver en la pelea. Pero yo me entrenaba para no perder. No es que yo iba para ganar, yo quería no perder. Parece que es lo mismo, pero no es lo mismo. O sea, yo no iba a querer lastimar a nadie, yo solamente quería no perder. Cuando me gané el respeto de ellos, yo no era muy conocida. Pero para el mundo de las artes marciales… es un mundo muy amateur. Es un deporte alternativo donde de repente no es que vos sabés quién es el 2 o el 5 de River o cómo se conforma el seleccionado de fútbol. Eso no hay. Nadie sabe hoy quiénes son los titulares del seleccionado argentino, y sin embargo, representan al país. Yo gané medallas para mi país. Estaba con la bandera argentina.


Traía medallas, por ahí no mis compañeros, pero yo traía seguro. Yo iba por eso. Y entonces ellos me mantenían. Cuando ya creciste en ese mundo, ya tenés muchos años… Dejé las artes marciales porque yo ya veía que me había pasado el tiempo, y me retiré como campeón invicto.”


Seguir con la otra vida


“Seguí con lo único que quedaba, la otra vida, que era la de la prostitución. Y así pasó la vida, y cuando llegué a los 40 años, me miraba al espejo y ya no era lo que yo quería ver. Ya me sentía grande hasta para ser prostituta. Y yo no había planificado ser vedette para mi vida, y ya no me gustaba lo que veía, ya no me divertía, ya no había nada que me motivara. Entonces lo único que yo deseaba era morir. Cuando te decía que yo llegaba a los 40 años, que ya no me gustaba y no me divertía, es como que yo sinceramente todos los días que me levantaba era para ponerme otra vez los tacos, volver a calzarme la minifalda, volver a salir a la ruta, a ver si trabajaba o no trabajaba para pagar. Y yo ya no, ya quería morir. Pensaba: ‘cómo quisiera mañana ya no despertarme más, ya no quiero más esto para mí’. Ya no tenía otra cosa que hacer. O sea, no, no sabía que podíamos ir a la escuela; yo ya me había perdido de eso.


Esto no es que salió en los noticieros: ‘¡Eehhh travas, travestis, se va a abrir un colegio!’. No, no salió. Te enterabas de boca en boca. Y el boca en boca era de repente si te enterabas por el ambiente. Y yo solamente estaba en la zona roja. Cuando te decía que llegó ese momento que yo no deseaba vivir fue cuando me detectaron un cáncer.”


“Por mi mamá, más que nada”


“Se me detectó un cáncer con el que tenía nada más que un mes de vida. Era mi oportunidad de morirme sin tener que suicidarme. Suicidarme no me iba a suicidar, pero entonces dije ‘bueno, por fin llegó la hora, el momento’. Y yo sentí un alivio cuando me dijeron ‘tenés cáncer’. Ay, por fin voy a morir. Y yo era lo que deseaba. No quería hacer el tratamiento por nada del mundo. Entonces, cuando se lo tuve que contar a mi mamá porque ya quedaba muy poquito y no quería que se pegue una sorpresa de un día para el otro, le dije que tenía cáncer. Ayyy, mi mamá lo sufrió muchísimo, la he visto hasta desmayarse de tanto pensar en el momento. Yo digo ‘pobre, si está así, cuando me muera va a ser peor’. Y mi hermana me dijo: ‘Vivi, vas a tener que hacer el tratamiento, mamá no va a soportar esto’. Entonces dije ‘vamos a hacer el tratamiento, por mi mamá más que nada’. Después todo el sacrificio que ella hizo, iba a ser mal pagado si yo me dejaba morir, me iba egoístamente sin pensar que la dejaba a ella sufriendo. Y dije ‘bueno, está bien’. Pero era curarme y seguir con lo mismo.


Los pronósticos eran muy malos para mi cáncer, porque me hicieron la quimioterapia y no alcanzó. Cuando terminé los seis meses de quimioterapia, que eran muy sufridos, me dijeron que quedaba un manotazo más. Un manotazo de ahogado, es decir, quedaba por probar con un trasplante de médula.

Yo no sabía ni qué era un trasplante de médula, y dije: ‘Ahhh no, hasta acá llegó mi amor’. Yo pensaba que te abrían la espalda, te sacaban la espina y que la volvían a cerrar con un cierre. Pero no, no, hasta ahí ya no llego. Ya hice lo que pude, y es más, le reclamaba a mi médica: ‘Vos me dijiste que esto me iba a curar’. ‘Nunca te lo aseguré’, me dijo. Me las arreglaba para el trabajo, como podía. La quimio me llevó a destruir lo poco que yo estaba tratando de mantener, porque me había sacado completamente el cabello, las uñas, las cejas, las pestañas, todo. Era un monstruo. Y entonces yo dije: ‘¿Para qué me hicieron todo esto? Para morirme así... O sea, me hubieran dejado como estaba y me moría con el pelo por lo menos’.


Yo ya me sentía mal como estaba y sacarme todo eso terminó por destruirme. Mi médica dijo: ‘Probá con el trasplante Vivi, tenemos esa chance’. Ah no... y que no, que no, que no. Y cuando se lo conté a mi mamá me dijo: ‘Pero hacelo, hija, hacelo por favor, hacelo’. Y puta madre, dije yo, vamos a probar con el trasplante.


Cuando fui al transplante, eso era mucho más heavy porque tenía que estar en terapia intensiva durante meses. Y ahí sí que quedás hecho concha. Entrábamos 8 personas, en camadas de 8. Hasta que no salían los ocho anteriores, hasta que no saliera el último, que puede llevar todo su tiempo, los otros ocho no podíamos entrar. Esos ocho que estábamos ahí esperando nos conocíamos de hace dos meses, que estábamos todos en la misma sala. Y de los ocho que entramos, cinco murieron y solamente 3 sobrevivimos a ese transplante porque era muy heavy.


Y entonces, cuando tuve la suerte haber sido una de esas tres que sobrevivió, yo dije: ‘bueno, ya que Dios me da una oportunidad más’ (a veces una quiere creer que hay un dios, pero de repente hay cosas que te hacen decir no), ‘capaz que me espera alguna sorpresa en la vida. Capaz que hay algo que me sigue faltando’. Pero a los 40 años, qué sorpresa iba a poder esperar. No podía entender qué era lo que faltaba todavía. Y dije, bueno, como vamos a vivir un tiempo más, vamos a tratar de hacerlo de una manera que no sea tan sufrida. Vamos a ver si le puedo encontrar la vuelta a esto y hacer algo que me guste, como volver a dar clases de artes marciales, u otro tipo de actividad, o trabajar de otra cosa, ver si podía hacer un casting en televisión. Yo no quería ser más prostituta. Claro, era que hasta que le encontrara la vuelta. Cuando volví del trasplante tuve que seguir siendo prostituta hasta que le encontrara la vuelta, algo había que traer de plata.”


La segunda parte de la historia de Vivi continuará la próxima semana.

@2019 REVISTA MANTIS

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