@2019 REVISTA MANTIS

  • Instagram - Negro Círculo
  • Facebook - Círculo Negro
  • Twitter - Círculo Negro
  • REVISTA MANTIS

Sobre cómo a la sororidad la encontré en la calle

Florencia Manolakis -


Sororidad. El gran término instalado en estos tiempos. Personalmente, puedo identificar el recorrido que me llevó a encontrarlo. En 2016 lo usé para nombrar una foto que saqué para un concurso fotográfico. Ubiqué a dos amigas abrazadas y unidas por una mirada vibrante. Le mandé de título: “Sororidad”. No estaba muy segura de lo que significaba… pero tampoco estaba tan equivocada.


Identifico el 2018 como un momento crucial en mi vida. El año empezó con las discusiones sobre la interrupción voluntaria del embarazo. En medio de esa vorágine, me encontré un poco sola. Me sentí anonadada con tantos estímulos, tantas ideas para repensar. Desde el amor romántico hasta el rol de las mujeres en el deporte. De repente todo era objeto de deconstrucción. Y ahora lo celebro.


Esto me llevó a confirmar algo que ya sabía pero no estaba segura de querer ver: mi adolescencia había sido machista. Bueno, de esto ya tenía certezas pero… mi adolescencia había sido MUY machista. Y no, no se puede tapar el sol con la mano. Estas cosas hay que hablarlas.


Muchos temas se dispararon en mi cabeza, pero creo que el principal fue la sororidad. Me encontré repensando mis amistades y mi actitud hacia las demás mujeres, sean amigas o no. Analizando lo que había vivido me sentí desamparada. Nunca había tenido un espacio para hablar de eso. Por suerte, durante el 2018 también conocí un grupo de mujeres compañeras en todos los sentidos. Con ellas la vida se tornó más fácil.

Ilustración por Ana Raneri

Sin embargo, mi problema estaba acá: ¿cuántas veces me había sentido sola por no poder ser sincera con mis amigas? Por miedo a que me desvalorizaran… o a que me juzgaran. Porque también había hecho eso con otras compañeras. Yo misma… ¿cuántas veces había criticado a una piba sin darme cuenta, o me había enojado con otra por los maltratos sistemáticos de algún pibe? Seguramente muchas.


Después de analizar todo esto lo entendí. Tejamos lazos reales. Reconozcamos que fuimos víctimas tanto tiempo y no ejerzamos un supuesto feminismo superficial que encaja en la foto de moda. No, nosotras podemos mucho más, porque nos merecemos mucho más. Necesitamos un movimiento comprometido con las relaciones que creamos y este es el momento: porque fuimos silenciadas y hoy gritamos.


En este contexto, las inquietudes comenzaban a presentarse en mi cabeza. Reconocí situaciones de abuso que había vivido y me reencontré con todas mis amigas. Aprendimos a hablar sin juzgarnos.


Pero hubo otro episodio que selló un antes y un después.


Un mediodía, mientras estaba en la parada del colectivo, abstraída en mi celular, pasó un pibe corriendo y me lo manoteó. Entré a correrlo. De repente, el chico tiró mi teléfono a la calle y lo recuperé. Súbitamente, un grupo de vecinos furiosos lo agarraron y comenzaron a patearlo. Yo no podía creerlo. Me acerqué lo más rápido que pude y les pedí que pararan. Dos oficiales de la policía (varones cis) ya estaban ahí y me exigieron que les dé mis datos para hacer la denuncia. ¿Quería hacer la denuncia? Estaba confundida… Mientras tanto, esos dos oficiales seguían violentando al chico…


Acá viene la clave de la cuestión. En medio de una situación para la que yo no estaba preparada (aunque antes hubiera pensado que sí), aparecieron dos pibas. Para ese momento un par de lágrimas corrían por mi cara.


Una de ellas me agarró el brazo y me dijo “Ey, ¿qué pasó? ¿Estás bien?”. Le expliqué la situación y ella, muy calmada y dándome toda la seguridad que en dos segundos la vida me había arrancado y pisoteado, me dijo: “No es tu obligación hacer la denuncia si no querés. Vamos”. Las dos me abrazaron y así nos alejamos de los oficiales, que apenas pudieron nos gritaron “putas”. Nos tuvimos que ir sin decir nada.

Fotografía Mora Garzón

Este hecho, además de reflejar la violencia institucional que tenemos asentada en esta sociedad, me marcó. Wen y Mel (porque sí, ahora sé sus nombres y nos tenemos en Facebook) me dijeron: “Te vimos el pañuelo verde en la mochila y supimos que no querías que a ese pibe lo siguieran lastimando. No dudamos, te teníamos que ayudar”. Me abrazaron. Y fue uno de esos abrazos que se comparten en el momento exacto, porque así es el feminismo: te acompaña justo cuando la soledad te desgarra el alma.


Así, entendí el contraste con ese feminismo de moda, una moda que sólo por moda nos queda medio vacía, ¿no? Porque la realidad te interpela en la calle todo el tiempo y ahí es cuando te atraviesa… Por esto, ese día confirmé que el “pañuelo verde” representa mucho más que el aborto legal, representa la hermandad entre mujeres en casos en que somos vulneradas por lo que aquí y ahora implica ser mujeres.


Entonces propongo: intensifiquemos nuestra sororidad. ¿Exagerada? Sí, así nos suelen decir a las feministas. Pero lo que quiero decir es que volvamos más observadoras nuestras miradas y más cuidadosos nuestros discursos (o nuestro hablar cotidiano) cuando nos referimos a otras compañeras. También, podemos celebrar la valentía de aquellas que quizás lograron vencer algunas de las cuestiones que nos imponen por el simple hecho de ser “mujeres”. Y sobre todo… no critiquemos más, a la enemistad entre nosotras no volvemos: eso a mí me lo demostró la calle.


Mejor ir siempre atenta… tal vez haya algún abrazo sororo para dar.