• REVISTA MANTIS

Reflexiones sobre el 28J

Por Guadalupe Aráoz -


Me cuesta explicar las emociones que tiñen todos los años mis 28 de junio. Las redes sociales son bastante culpables y no voy a negarlo: ver tantas banderas multicolores, tantos hashtags gastados de tanta reutilización marquetinera, tanta buena intención que queda en eso solamente. Este año me agarró enojade, con bronca. Y no sé si se justifica que me sienta así, si está bien o mal, si estoy siendo demasiado dure, demasiado exigente, poco agradecide, o lo que sea. Simplemente, no lo sé. Lo que sí sé es que todos los días me arden heridas por todo el cuerpo marica. Heridas que fueron abriéndose algunas de a tajazos y otras lentamente a lo largo de mi vida.

Ilustración por Meraki Siede -

Soy una persona trans no binarie pansexual (sumale una enfermedad mental, pero eso lo hablemos otro día porque sino no llego al punto jamás) que fue escupida en una familia católica del norte del país. Todavía no salí del clóset por completo con mi familia (apenas lo saben mis hermanas y unas primas) y, sin embargo, ando jugando a que me descubran si guglean mi nombre porque me gusta el peligro (nah, mentira, en realidad es porque la necesidad de sangrar en palabras es más fuerte). En mi crianza no hubo castigos por mi sexualidad porque logré esconderla con mucha astucia durante muchos años. Me encargué de no decirle a nadie cada vez que me gustaba una chica, y cuando estuve con una nos encargamos de esconderlo muy bien.

Debo decir que soy culpable de gozar de los hermosos beneficios del “cispassing” (pasar como cis) que en realidad son un tiro por la culata porque al final del día sentís que te estás traicionando y que sos una mentira.


Más o menos hasta acá creo que podrán ver un patrón en esto que escribo: hay mucho odio. Y yo no nací con ese odio, me lo inculcaron. Con más o menos sutilezas, los diferentes entornos se encargaron de hacerme temer y de construir una base de odio internalizado que me desgarró desde adentro y se fue expandiendo a cada parte de mi identidad. Y acá es donde me encuentro con una realidad horrible. Me encantaría que el orgullo se solucionara con un #LoveIsLove o un posteo sobre que el amor no tiene género. Pero cuando el odio se impregna en cada célula de tu cuerpo, lamentablemente el amor no es suficiente. Yo quiero derechos, quiero salud, quiero educación, quiero trabajo, quiero familia, quiero deseos, quiero sueños, quiero no sentirme une estúpide cuando proyecto algo en mi vida porque en el fondo sé que este mundo me lo va a negar. Eso sí, me lo va a negar con una sonrisa y una estampita color arcoiris. Básicamente, quiero derechos, y quiero la seguridad de que no me los van a quitar porque en algún momento sea demasiado gay o demasiado trans.


El día del orgullo está tan heterocisnormado que se siente como una traición. Compartís una foto de tu drag preferida pero no respetás los pronombres de la gente a tu alrededor. El gay que comparte una publicación diciendo que el amor no tiene género te encanta, pero los putos que no son tan fotogénicos para el paradigma paki quedan fuera de foco. Ni hablar de todas las luchas transversales de la comunidad marica que quedan en el fondo del cajón entre tanto glitter. Con todo este vómito no quiero decir que no pueda ser un día de festejo, hay mucha historia que hoy nos permite muchas más libertades que hace años. Lo que me parece injusto es que ni un medio haya hecho una publicación sobre las personas intersex, sobre les no binaries, sobre las travas, sobre las lesbianas que no gustan porque tienen opiniones más allá de un beso en tetas, sobre la violencia en el sistema de salud y, seguiría escribiendo, pero ya me está doliendo en esa parte que no para de sangrar desde el día en el que me di cuenta que no pertenecía a este mundo y que iba a tener que esconderme.


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