• REVISTA MANTIS

Protocolo odiante

Por Mica Blumenthal -


Hoy arranqué el día leyendo el protocolo de inicio de clases para la Ciudad de Buenos Aires. Si bien todo el protocolo es por demás preocupante y, a medida que lo vas leyendo, vas queriendo que te trague la tierra mágicamente, no es exactamente de eso de lo que voy a hablar acá.


Bastó empezar a leer la tercera página, donde habla del personal docente y plantea quiénes no pueden asistir a su trabajo de manera presencial, para que la gordofobia, una vez más, me dé vuelta la cara de una trompada que duele y mucho.

Dentro de las personas de riesgo se encuentran (cito textual): “Personas con obesidad con IMC igual o superior a 40 kg/m2 (Obesidad grado 3)". 40 KG POR METRO CUADRADO, como si fuera el precio de una propiedad. Como si fuéramos objetos. Como si realmente el peso de una persona pudiera determinar lo “enfermes" que estamos.


O sea que una persona gorda, previa a comenzar a trabajar, debe notificarle a su empleadore su IMC. No sé si saben que este tipo de medición es un sistema antiquísimo, que fue diseñado para proponer un “ideal social” de apariencia (ya en ese entonces quedaba por fuera un tercio de la población), y ni hablar de que las mediciones fueron tomadas en hombres blancos de origen francés y escocés y lo utilizaban para ver qué cuerpos tenían aptitudes para combatir en la guerra. En eso se basan hoy en día, dos siglos después de su creación, para tildarnos de enfermes, descuidades, de básicamente ser una pandemia que hay que exterminar.


Digamos que nada de esto me sorprende a mí y seguramente a ustedes tampoco; es más, probablemente muches de ustedes me quieran venir con el verso de que la ciencia considera a la obesidad como una enfermedad terrible. Así que antes de que lo hagan, métanse sus discursos gordofóbicos por donde les quepan, que acá no los quiero. Ese discurso lo escucho incansablemente desde hace 32 años. Me ha arruinado la vida. Profundamente.


Me cuesta escribir sobre esto porque la gordofobia cala de una manera tremenda, y a medida que voy escribiendo esto me invaden las lágrimas. No solamente por lo que hoy me tocó leer, ni por la manera en que el gordoodio emergió en esta pandemia con una furia y una necedad que ya son demasiado; sino también por cada dolor, por cada cita médica en la que he sido tratada como UNA MIERDA, por cada escupitajo en la calle, por cada “gorda horrible”, por cada “que piola que sos, que pena que no bajes de peso”, por todos esos dolores que hoy sé que no son solo míos, que son de muches compañeres gordes que ni siquiera conozco, pero que están ahí, pasando por lo mismo que yo.


Hoy posta me duele el corazón. Hoy estoy triste y realmente no lo pude hablar, me salió escribirlo y compartirlo, colectivizar el dolor para sanar y para que (ojalá) alguien lo lea y no se sienta más sole.


Acompaño este descargo con esta foto en la que abrazo mis rollos, para reivindicarme, para reivindicar mi lucha y el laburo que tuve que hacer para poder estar escribiendo estas palabras. Nada de esto hubiera sido posible sin la lucha incansable del ACTIVISMO GORDE.



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