• REVISTA MANTIS

Prender un fuego. Un ensayo sobre Rock Nacional con perspectiva de género

Por Florencia Sierra -


En un seminario de la facultad me propusieron pensar los vínculos entre el rock y la política a lo largo de la historia argentina. Cuando llegamos a nuestro presente, se hizo necesario hablar del movimiento popular más importante del momento: el feminismo. Una ola que nos convocó a encontrarnos, repensar nuestra sociedad y volver a nuestros espacios cotidianos para deconstruirlos. La carta orgánica del movimiento Ni Una Menos cierra con la frase “Nos mueve el deseo”. Cada espacio que habitamos, lo hacemos desde este contexto y desde estos vínculos. Uno de esos espacios es el Rock.

Ilustración por María Emilia Giordano -

Kümelen: sobre el rock y lo nacional


Nuestro Rock Nacional arrastra ciertos estereotipos: los riffs, el rockstar, la cultura del aguante, las banderas, las remeras y todo lo que configura al rock chabón. Repensarlo desde el feminismo conlleva necesariamente una crítica sobre cualquier estructura que se nos presente como dada, como natural. Judith Butler, en su libro Deshacer el género, propone “¿Qué es lo que quiere el género? Hablar de esta manera puede parecernos extraño, pero resulta menos raro cuando nos damos cuenta de que las normas sociales que constituyen nuestra existencia conllevan deseos que no se originan en nuestra individualidad”. Si bien la autora trabaja su teoría en torno a los géneros identitarios, se puede utilizar para pensar que el rock también es una forma de estructura social que debe romperse y debe empezar a ser habitada por cada persona como quiera, siempre desde el deseo. De esta forma, con nuevas identidades apropiándose de la categoría, lo preestablecido se quiebra: el rockstar no existe más, los riffs pierden su figura viril, nuevos sonidos de otros géneros se entremezclan y se filtran, pero esto no significa que el género no sea rock. Se trata de Rock sin estructuras, habitado desde cada músique, desde cada individualidad, con su singularidades y diferencias, continuidades y rupturas, un Rock que se propone ser revolucionario (otra vez).


Varias referentas de esta nueva ola hicieron declaraciones al respecto cuando su música fue criticada por no corresponderse con lo esperado. Rosario Bléfari, en entrevista con Infobae, dijo: “El ‘ambiente’ no sé quién lo ve, son muchas realidades simultáneas, una suma de parcialidades. Se suele fijar un imaginario, una representación del mundo del rock construida por hombres, músicos, críticos, público masculino, y que tal vez corresponde a una realidad de bandas de hombres solos, pero aún así es una forma de narrar. Y esa es la única representación que se populariza”.


Desglosando el concepto de Rock Nacional, no sólo debemos atender al Rock como un estereotipo naturalizado, sino también a lo nacional, que fue la base para la creación de la identidad argentina y de esta cultura. En nombre de la “Patria" se han justificado acciones que atentan contra el mismo bienestar de la democracia de nuestro país. Por ejemplo, en 1982, durante la última dictadura, se llevó a cabo en el estadio Obras el Festival de la Solidaridad Americana, un recital de rock que funcionó como cortina mediática del gobierno de facto para seguir construyendo un discurso patriótico en torno a la Guerra de Malvinas. Varias bandas de la escena del momento participaron activamente (desde León Gieco a Charly García). Provéndola cuenta en su libro RockPolitik: “el rock con toda su carga cultural, identificada a modos no violentos, adscribiendo al interés bélico de un gobierno antidemocrático”. Muchas bandas se arrepintieron tiempo después, pero hubo grupos más ligados a una nueva generación musical que se negaron a participar. Virus fue uno de ellos. No es casualidad, dado que uno de los hermanos Moura, Jorge, fue desaparecido en dictadura. Los Violadores también se negaron a participar, y Pil comentó tiempo después: “ahí nadie se rebeló: levantaron la alfombra y metieron la basura abajo. Ese festival, de tan fraternal, se volvió fratricida”. Entre las mujeres y disidencias, a mediados del 2019, se dio uno de los debates más picantes en torno al Encuentro anual. El Encuentro Nº34 se iba a dar en La Plata, un territorio querandí. Entonces, las mujeres de los pueblos originarios advirtieron sobre las violencias ocultas que se ejercían sobre ellas al nombrar como Nacional a este evento. No se podía dejar pasar esto sin un debate que estuviese a la altura del movimiento: “lo que no se nombra, no existe” es una de las banderas que se levantan. Luego de numerosos quiebres, los feminismos decidieron que el nuevo Encuentro debía nombrarse Encuentro Plurinacional de mujeres, lesbianas, travestis, trans, bisexuales, y no binaries. A partir de esto, se asume la responsabilidad como movimiento de ser una herramienta crítica para dejar de aportar a la construcción del nacionalismo en un territorio donde conviven numerosas identidades culturales y numerosas historias, para poner sobre la mesa un nuevo debate: somos plurinacionales y diverses. Entonces cabe preguntarse, en este contexto, si las bandas que atraviesan estos debates tienen interés en disputar lugar en la escena Nacional. Paz rapea en su tema Kümelen: “No preciso de sus leyes para poder existir / Newen, Newen / Mi fuerza motivadora / Me tiran con sus armas / Y no matan mi memoria. / Yo no soy ese tipo de persona / que olvida sus raíces / Solo para estar de moda.” Paz es referente del under y artista no binarie descendiente de mapuches. En varios de sus temas rapea en español, portugués y mapudungún. Reflexionando sobre su último lanzamiento Patagonia Emergente y lo que encuentra en común con su activismo queer y su reivindicación de los pueblos originarios, contó: “La colonización trajo, entre otras cosas, binarismo. Para el pueblo mapuche existe la machi, que es la que guía espiritualmente a la tribu. No puede ser denominada ni hombre ni mujer, y puede relacionarse libremente con cualquier otro ser sin distinción”.


Ubicación en tiempo real: somos historia viva


En los inicios del Rock Nacional, en los ‘70, hasta nuestra actualidad existen historias que marcan indicios de esta nueva ola. En los primeros años aparece Gabriela Parodi, una artista que llegó a escenarios históricos, como el B.A Rock o el Festival del Triunfo Peronista (donde la confundieron con un hombre y anunciaron su presentación como Gabriel). En la década del ‘80 conocemos por primera vez a Gabriela Epumer, guitarrista de la primera banda argentina de mujeres e integrante de Viudas e Hijas de Roque Enroll, con quienes se animó a estrenar mientras se daba el debate de la Ley de Divorcio el tema La familia argentina. Entrados los años ‘90, construyendo cultura y contracultura, irrumpe en la escena Pat Pietrafesa integrante de bandas como Kumbia Queers, antes con She Devils, y previo a esto llegó a tener una banda llamada Cadáveres de Niños. Con She Devils formó parte del Festival Belladonna en Cemento, donde presentaron el disco El aborto ilegal asesina mi libertad, en 1998.


Para abordar la escena actual del Rock, nos vamos a apoyar en la obra de Marilina Bertoldi. Fue ganadora del Premio Gardel a la Música como Mejor Álbum Artista Femenina de Rock en 2017, y del Gardel de Oro en 2019. Al recibir el premio, Marilina dijo: “La única mujer que ganó este premio fue Mercedes Sosa. Hoy lo gana una lesbiana”. Es una artista por demás reconocida, que no deja de estar presente en el under transfeminista. Tocó en la Marcha del Orgullo, entre otras manifestaciones, y en el último Festival FutuRock se presentó con un look de rockstar clásico: con un blazer abierto, sin remera debajo, en tetas. Algo que hubiese pasado desapercibido en un hombre. Pero todas las fotos de esta presentación fueron censuradas en las redes sociales, lo cual desató el “Marilina Challenge”: les jóvenes que la fueron a ver a sus siguientes shows se presentaron sin remera, para desafiar las censuras impuestas en las redes sociales a los pezones considerados femeninos.


Marilina produjo ella misma su último álbum que muestra un CD derretido y destruido en el asfalto, que podemos interpretar como una referencia a la industria y a las formas de corrupción en el rock. El corte de “O no?”, que es el tema que le da apertura al disco, va en tono de denuncia. Se puede ver en la letra que usa frases tomadas de las críticas que se le hicieron anteriormente, cuando comenzó a popularizarse su álbum Sexo con modelos: “No, es peligroso, eso es diferente / Una multitud que no se banca tanta gente / No tiene nada, está super preparada / Mucho maquillaje que no les tapa ya nada / Quiero avisarles algo, estaba enojada y ahora estoy preparada / O no?En la letra de la canción “Fumar de día” se pueden reconocer críticas de la misma índole, comienza diciendo: “¿Ves o no ves lo que se ve? Por última vez te firmo un papel. En un ciclo de entrevistas en vivo en el Club Cultural Matienzo, la cantante comentó que inicialmente estaba de acuerdo con discutir en torno a la idea de que el rock había muerto, porque el rock no se estaba rebelando contra nada: “Estaba muy contento, muy seguro y quería gustar”. Pero cuando cuando la atravesó el movimiento feminista, cambió de idea: “Me di cuenta que el rock va a vivir cuando las mujeres se paren al frente. Porque son las mujeres quienes tienen algo para decir, los y las trans también”.


Luego de lanzar su segundo álbum solista, Marilina colaboró con Goza Records, un proyecto que busca poner a las mujeres al frente y dar batalla a la invisibilización de les artistas mujeres, lesbianas, trans, travestis y no binaries. El sello discográfico apuesta principalmente a la igualdad, proponiendo maratones de 12 materiales discográficos anuales englobados bajo la consigna de inclusión tanto en el ámbito social como musical. Todos los meses Goza Records publica un disco o un EP nuevo. Algunos de los últimos lanzamientos fueron temas de la música y cantante Melanie Williams, las reversiones feministas y cumbieras de Tita Print, y el pogo de Tranki Punki. No hay un criterio de género o estructura establecido, pero se ve una tendencia de buscar artistas que se acerquen al rock: "Creo que de todos los géneros musicales, uno de los más bastardeados y difíciles de encajar para la mujer es el rock. Está muy masculinizado. Nunca me había encontrado con mujeres haciendo punk, surf o hardcore. Y hoy sí. No solo porque antes había pocas, también porque hoy el foco está tan puesto en la mujer que es mucho más fácil encontrarlas y visibilizarlas" señala Barbi Recanati, referenta del sello.


En el 2018, los festivales de música quedaron envueltos —y bajo la mira sus grillas— debido a las declaraciones del productor musical José Palazzo, que en febrero dijo que no hay suficientes bandas conformadas por mujeres con talento para cumplir con el cupo femenino en el Cosquín Rock. Marilina Bertoldi respondió: “No hacen falta más bandas de chicas, hacen falta más festivales de chicas” y desafió a esta contracultura feminista a dejar de participar de los espacios del otro, de la cultura chabón, para construir los propios y entender que tienen la misma legitimidad social para convocar y representar al rock. Tiempo después comenzaron a surgir festivales transfeministas. El que más convocatoria logró fue el GRL PWR, con sede en Córdoba, y en estas épocas, en formato virtual, también se destaca el Festival Distópico vía streaming por TicketHoy.


Luego de por lo menos dos años de debate en el congreso, y muchos más de militancia por fuera, en 2019 se aprobó una ley que establece que —como mínimo— el 30% de la grilla de los festivales argentinos debe estar integrada por mujeres o disidencias: La Ley de Cupo y Acceso de Artistas Mujeres a los Escenarios. Dentro del congreso fue impulsada por Anabel Fernández Sagasti, del Frente Para la Victoria, y fuera del congreso por Celsa Gowland, quien dijo: “Necesitamos escenarios más igualitarios. Van a ser más representativos de los géneros y sexualidades.” Además, sostuvo que la convivencia entre trabajadores y trabajadoras permitirá luchar más rápidamente contra las violencias, los abusos, la misoginia y los destratos que afectan a la cultura.


Autodefensa: sobre los ídolos


También es importante hablar de la detención de Cristian Aldana para entender nuestro presente. El 12 de julio de 2019 el exlíder de la banda El Otro Yo recibió la pena de 22 años de cárcel por abuso y corrupción de menores. Lo denunciaron 7 personas, pero la condena fue por 4 casos. Aldana cometió los delitos entre 2001 y 2008, cuando las víctimas tenían entre 13 y 18 años. El juicio fue histórico: por primera vez, un músico fue a prisión acusado por sus fans. Algunas bandas de varones que componen la escena popular decidieron adaptarse a la coyuntura. El caso que más resalta es el de Los Gardelitos donde una denuncia de abuso sexual sobre el padre de Eli Suárez, movilizó al cantante a declarar en una publicación y en su siguiente presentación en el Cosquín Rock invito a María Riot y Georgina Orellano para que lean un documento y cuando finalizaron agregó: “Adhiero personalmente a todas y cada una de las palabras que fueron pronunciadas por ellas, especialmente en la consigna 'Para que termine el machismo y los abusos en el rock y en todos lados'". Luego de esta denuncia, tomaron una serie de decisiones al interior de la banda: por ejemplo en Gardeliando, uno de sus temas más conocidos, la letra decía “Están tomando un vino o corriendo alguna mina” y la cambiaron por “Están tomando un vino o rancheando con las pibas”. También en su último disco, incluyen a la mamá de Eli en sonidos y con Sortilegio de Arrabal tocan problemáticas de género. Mientras tanto, aunque no lo parezca, en el mismo momento histórico, hay figuras que siguen perpetuando violencias y abusos, como lo fue el caso de Gustavo Cordera en entrevista con TEA. Al ser consultado por las denuncias de abusos sexuales sobre los músicos Cristian Aldana y José Miguel del Popolo (de La Ola Que Quería Ser Chau), Cordera sostuvo: "Es una aberración de la ley que si una pendeja de 16 años con la concha caliente quiera coger con vos, vos no te las puedas coger".


Los medios tradicionales de comunicación también carecían de perspectiva de género para relatar los hechos y empezaron a surgir perfiles en redes sociales como “El Rock es de las pibas”—que recientemente cambió su nombre a “El Rock es de les pibis”— “Basta del rock del abuso” y la página tuidoloesunforro.com.ar, agrupando a miles de mujeres y disidencias dentro del ambiente que impusieron un relato narrado en primera persona. En un nuevo contexto de revolución popular liderado por el feminismo, la cultura del rock queda denunciada por sus propias participantes.

¿Qué hacer, entonces, con todo ese amor invertido en el ídolo?, se pregunta Ariell Carolina, une de les denunciantes de Aldana, que escribió sobre su experiencia en su libro Nuestra venganza es nuestra autonomía. Es un texto que busca cuestionar la figura del ídolo para dar herramientas que ayuden a salir de una situación de abuso, pasando de la manipulación a la autonomía: “Elegir dejar de consumir, escuchar, seguir, creer, ver, a machos violentos misóginos violadores y abusadores, les quita el poder que éstos tienen sobre nuestras subjetividades, y desmembran los mecanismos automáticos de supremacía que reproducen”. Los escraches molestan porque son un golpe inesperado para muchos ídolos, pero también para muches fanátiques; mueven el piso de estructuras que antes estaban cómodas. Muestran, a la fuerza, que son muches les que ya no tienen ganas de callarse ni tolerar ninguna violencia, y que todavía no hay justicia plena para la mayoría de las víctimas de la violencia de género por las vías institucionales.


El feminismo vuelve a reponer en el rock una oportunidad para habitar los espacios, basada en el principio del disfrute y del deseo, lejos de todo lo que alguna vez lastimó. Los feminismos se apropiaron a su forma los escenarios para volver a crear encuentros de inclusión donde se puedan dar las condiciones necesarias para que todes disfruten, se ofrece una nueva visión de sociedad, de la industria, de la masculinidad, de lo femenino, y de las relaciones personales totalmente diferente y antimachista, exterior a los estereotipos de género y, por sobre todo, a las violencias patriarcales. No es casualidad que este movimiento se haya dado —o explotado— en la cultura del rock. Históricamente fue un espacio de ruptura, de incomodidad, de choque, de confrontación, y no podía suceder de otra forma. El movimiento feminista denuncia día a día violencias transversales a todos los espacios de la sociedad. No se puede pensar que sólo pasa en el rock, porque también hay machismo en la cumbia, en el tango, en el rap y en todos los géneros. Pero lo que sí quedó claro es que son les no binaries, mujeres, lesbianas, travestis y trans del rock les que decidieron no callar y levantar la voz. Esta nueva ola es hija y nieta de ese rock que se plantó frente a la injusticias sociales, y esperar que se mantenga en silencio es contradictorio. Les no binaries, mujeres, lesbianas, travestis y trans, con el movimiento feminista, llegaron para volver a revolucionarlo todo.

@2019 REVISTA MANTIS

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