• REVISTA MANTIS

“¿Por qué no escribimos directamente todes?”

El lenguaje no binario en las aulas


Por Belén Durruty y Rocío Medina -

Recuerdo una escena que ocurrió hace un año en una escuela parroquial del conurbano bonaerense. En ese momento, me encontraba trabajando como docente de Literatura en 4to y 5to año y había tomado unas horas de Prácticas del Lenguaje en 1er año. Quizás, para terminar de comprender lo que ocurrió en la escena, no esté de más aclarar que en reiteradas ocasiones fui percibida, por ser docente de lengua y literatura, como una encarnación de la norma lingüística y el buen decir, una suerte de personificación sudaka de la Real Academia Española. Con esto quiero decir que en mi rostro se ha visto reflejado no más que un título y, en este, un rol específico: el de responder todo tipo de dudas de orden ortográfico y gramatical.

Ilustración por María Emilia Giordano

Hacía no mucho había tomado esas horas de 1er año que implicaban, según el equipo de docentes, “un desafío”, dado que era el momento de “amoldar a los pibes a la escuela secundaria” (cada vez que escuchaba una frase por el estilo, me imaginaba dándole clase a un grupo de personas de plastilina). Al poco tiempo una compañera — profesora de inglés — se me acercó para quitarse una de las famosas dudas de normativa. Su preocupación surgía a partir del desconocimiento de un contenido que le habían enseñado a su hijo. El tema era el género gramatical en los pronombres, sustantivos y adjetivos.


Parece que a su hijo, en la escuela, la maestra le había enseñado que en las palabras que se refieren a grupos en los que hay personas de distintos géneros, la forma correcta para nombrarles era mediante el uso de la terminación “-e” (todes, elles, niñes). Ella desconocía este uso del lenguaje, por lo tanto su pregunta sonó a algo así como “¿está aprobado eso?”. Sí, “eso”. La preocupación no radicaba siquiera en un posicionamiento ideológico patriarcal con respecto al lenguaje no binario, sino en la aprobación de este por una institución fuertemente conservadora, eurocentrista y patriarcal, incluso ignorando estas cualidades, a causa de una sencilla naturalización construida hace ya muchísimos años en la que la RAE se posiciona incuestionablemente como ente regulador del lenguaje.


Cómo terminó esa conversación no viene a cuento, el asunto está en qué lugar ocupa el lenguaje inclusivo, no binario, no sexista dentro de las aulas de cualquier asignatura. La situación mencionada da cuenta de cómo, en primera instancia, el lenguaje no binario irrumpe con un discurso escolar naturalizado por un sector (el de quienes enseñan), en el sentido en que “eso” aparece como un espécimen nuevo dentro de un ámbito — muchas veces — muy conservador.


Como contracara, en ocasiones, son les mismes alumnes quienes plantean la idea de usar el lenguaje inclusivo. “A la mañana en el pizarrón escribimos qué día es, como está el clima y los nombres de los compañeros que faltaron. Un día, se habían ausentado más de seis, entonces opté por escribir ‘hoy faltaron varios compañeros y compañeras’. Mientras lo hacía, les explicaba que no era necesario anotar a todos porque eran muchos, pero una alumna me interrumpió y me preguntó por qué no escribíamos directamente todes. No hice ninguna corrección al respecto, solo respondí que estaba bien, porque lo estaba”, explicó Ariana Crovo, docente de 1er grado.

“Si bien son les niñes quienes se muestran más flexibles a la implementación del lenguaje no binario, en muchas oportunidades son las mismas instituciones las que frenan o incluso sofocan las intenciones de su uso.”

En esta segunda escena, en la que ya aparece la voz del estudiantado, la mirada sobre el lenguaje no binario es otra. De hecho, no es solo una mirada, sino una propuesta de incluirlo como opción válida y correcta dentro del discurso escolar. La posición de la educadora, en este caso, resulta fundamental. Tranquilamente, siguiendo el modelo de la profesora de inglés de la primera escena, podría haber corregido el aporte de la estudiante y haber explicado, según los lineamientos de la RAE, cuál es el uso correcto. Pero no. No fue así. Y esa postura dentro de un escenario en el que no solo se trabaja con saberes académicos, vinculados a una disciplina, sino también sociales, comprendiendo que la formación de les estudiantes es una formación social, es completamente relevante y necesaria. De alguna forma, el pedido de decir todes pone en evidencia subjetividades ligadas a nuevos paradigmas.


Pero… ¿qué tan permeable es la institución escolar a nuevas formas de conocimiento, nuevos saberes y nuevas perspectivas? Sobre todo cuando estas vienen principalmente de les estudiantes, el sector al que mayor desconfianza se le adjudica.


En este sentido, si bien son les niñes quienes se muestran más flexibles a la implementación del lenguaje no binario, en muchas oportunidades son las mismas instituciones las que frenan o incluso sofocan las intenciones de su uso. En otras ocasiones, si bien se profesa cierto grado de libertad en las aulas, algunos parámetros o protocolos de enseñanza se encuentran implícitos, lo que también representa un límite para aquelles docentes que intenten usar un lenguaje no sexista. En algún punto, la norma lingüística sería parte de esos protocolos de enseñanza implícitos, como parte del curriculum oculto; es decir, aquellos valores, normas y actitudes que se enseñan dentro de las instituciones escolares, pero no de forma explícita. La utilización de un lenguaje sexista funcional al patriarcado es un posicionamiento fuertemente ideológico que, dentro de las escuelas, pasa “como si nada”. Y aunque como docentes podamos sentir la presión de ese curriculum oculto, es necesario que tomemos una posición más rebelde, les estudiantes la piden.


Es importante que irrumpamos las aulas vestides de lenguaje no sexista, cual artistas performáticos, que lo hagamos chocar con el discurso escolar establecido, y hasta incluso ponerlo en escena para pensarlo colectivamente, hacerle preguntas (y hacernos preguntas), pensar en qué nos pasa cuando lo escuchamos porque todo esto tiene un trasfondo mucho más complejo. La utilización del lenguaje inclusivo debe ir acompañado de una implementación de educación sexual integral (ESI) con perspectiva de género. Es decir, entender y explicar las generalidades, los estereotipos que envuelven a los géneros, y la pluralidad de identidades que se ven desplazadas por el uso del genérico, que casualmente es el masculino. Así, les estudiantes tendrán el espacio para constituir por sí soles la idea del lenguaje inclusivo, porque el lenguaje representa y si elles no se sienten identificades, el lenguaje les encasilla y les reprime no sólo como individuos e integrantes de una sociedad sino como personas pensantes y sintientes.


En este sentido, seguir implementando el lenguaje sexista en las aulas implica un posicionamiento ideológico ligado a estructuras que, de forma simbólica, ejercen violencia sobre las subjetividades y los cuerpos. “La felicidad de poder trabajar con lenguaje inclusivo no binario en el aula y con léxico específico de la Ley de Identidad de Género (como ‘autopercepción’, ‘despatologización, ‘identidad de género’ y ‘trato digno’), provoca una sensación de confianza y deconstruye la violencia institucional que se instala por defecto en nuestras prácticas”, explica Claudio Bidegain, en “Educación Sexual Trava/Transfeminista con la Lengua (y la Literatura)” (artículo en prensa).

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