• REVISTA MANTIS

No fue enfrentamiento, fue asesinato

Por Belén Durruty -


En el Día Nacional contra la Violencia Institucional recordamos a Rafael Nahuel y el violento desalojo del lof Lafken Winkul Mapu.


En la madrugada del jueves 23 de noviembre del 2017, miembros de la Policía Federal y de la Policía de Río Negro irrumpieron en el territorio del lof Lafken Winkul Mapu, en las inmediaciones de la Villa Mascardi, a 35km de la ciudad de San Carlos de Bariloche. ¿Cuál era el objetivo? Desalojar a esa comunidad, bajo el alegato de que era propiedad de Parques Nacionales y que elles, quienes la estaban habitando, eran “usurpadorxs”. ¿Cómo buscaban lograr su objetivo? Mediante la represión. La Policía de la Provincia, la Policía de Seguridad Aeroportuaria y Gendarmería se habían ocupado de cortar la ruta y, así, marcaron el territorio en el que iban a entrar tirando balas de goma, plomo, gas lacrimógeno y bombas de estruendo en medio de la oscuridad. Esa noche, mujeres y niñes, luego de la brutalidad policial, fueron detenides. Otros miembros de la comunidad lograron escapar y refugiarse en el monte. Fueron perseguides y controlades con drones y helicópteros, allí en la montaña, hasta las 19hs. El Lago Mascardi se había inundado de lanchas de la Prefectura. Con hambre, sueño, frío y sed, aguantaron la noche allá arriba quienes habían logrado huir de las fuerzas represoras del Estado.


Mientras en el monte sus familias y hermanes seguían resistiendo, las mujeres detenidas estaban ya en Bariloche, sin saber qué estaba pasando con su gente. No sabían nada, las tuvieron completamente incomunicadas. Las obligaron, además, a firmar un papel que les otorgaba la libertad, pero con ciertas condiciones, que más tarde conocieron con el asesoramiento de abogados. Cuando las liberaron, vieron que afuera había una concentración de organismos de Derechos Humanos y de los pueblos originarios que exigían su libertad. Allí se encontraba Rafael Nahuel, quien iría desde ahí al monte, con más compañeres, a llevar novedades y subir víveres y pares de medias en medio de un terreno completamente militarizado. Pero sabían bien que esa era la situación, y que brindar esa ayuda de voluntad propia implicaba, al mismo tiempo, dar la vida por ese pueblo que estaba sufriendo, sin comunicación y sin comida.

Fotografía en blanco y negro de Rafael Nahuel sobre un fondo verde
Imagen por María Emilia Giordano -

Cuando el grupo de ayuda llegó al monte, donde se encontraba el resto de les compañeres, la situación parecía haberse calmado. Entonces, los distintos grupos que se habían dividido la noche anterior decidieron reencontrarse. La alegría abrazó al lof Lafken Winkul Mapu, que todavía estaba dispuesta a resistir por ese territorio que les pertenece. Llantos, saltos, carcajadas, la mejor comida en mucho tiempo, un fogón y mate coronaron esa noche, previa al descenso que realizarían la mañana siguiente para rearmar todo lo que les habían destruido.


Al día siguiente, Rafa —como le decían sus allegades— y algunes más fueron en busca de cañas colihue (o waiki), un instrumento que todes elles usaban para defenderse. Aunque se demoraron, lograron traer un instrumento para cada une y así se dispusieron a dialogar con sus ancestros, quienes habían luchado por esas mismas tierras hace por lo menos 500 años, y les pidieron ayuda para lo que estaba por suceder. Cuando se dispusieron a bajar, apenas a unos quince metros de donde estaban, escucharon el grito que decía “¡Maten a un indio de una vez!” y los disparos volvieron a invadir el escenario. Una de esas balas fue la que impactó en el cuerpo de Rafael Nahuel, que voló por los aires por el impacto tan cercano, al grito de “¡Asesinos de mierda! ¡Nos están matando!”. Las balas pararon, sus portadores se fueron corriendo y les compañeres de Rafael fueron inmediatamente a asistirlo. Le dijeron que lo iban a bajar del monte, pero él pidió en voz alta: “No, déjenme acá, en esta tierra. Yo vine a pelear por este territorio, por nuestro pueblo, por nosotros, por ustedes, por ellos, por nuestro ser mapuche”, y luego, a cada une le dijo algo que solo elles conservan en su memoria, unas palabras que no pueden decir. Armaron una camilla rápido y lo bajaron corriendo, pero en ese trayecto Rafael Nahuel murió.


Cuando llegaron a la tranquera que marcaba la entrada al territorio del lof, con la camilla que transportaba a Rafael, un grupo de Prefectura les estaba esperando, apuntándoles con fusiles. “¡Mataron a un hermano y nos siguen hostigando!”, gritaron desesperades. Quienes bajaron a Rafael fueron agarrades por miembros del Grupo Albatros de la Prefectura Naval y al cuerpo de Rafa lo arrastraron por la ruta, como si nada importara. Hubo testigos de aquellos hechos, dado que se encontraban varades en la ruta por el corte realizado por las fuerzas de seguridad. Une de elles quiso declarar, pero se lo impidieron.


A unos 15 kilómetros de donde estaban ocurriendo estos hechos, se encontraban las mujeres que habían sido detenidas, que no podían acercarse más porque no las dejaban. Entonces, decidieron volver hasta el hospital de Bariloche, creyendo que iban a trasladar allí a les herides. En el hospital no les transmitían información de lo que estaba sucediendo en la ruta y ellas, desesperadas, presionaban e insistían, hasta que el director del hospital confirmó el fallecimiento de su hermano, Rafael.


En la ruta, todavía había muchos miembros de la comunidad queriendo saber cómo estaban sus familiares allá por la tranquera. Las autoridades no les dejaban pasar, hasta que en el forcejeo logró ingresar una mujer y llegar hasta el lugar. La policía, el juez y la fiscal que se encontraban en el sitio la golpearon y le dijeron que iba a tener que negociar la salida de todes. Ella pidió el nombre del asesino del Rafa. Elles señalaron a un hombre del grupo Albatros que se encontraba ahí, en una camioneta. “Quiero el nombre de la persona que mató a Rafael Nahuel”, exigió la mujer. “Se llama Javier Pintos, cumplimos, ahora saque a esa gente de ahí dentro”, dijo une de elles. Cuando la mujer volvió a reencontrarse con les suyes, avisó que tenían que irse o les iban a empezar a matar a todes otra vez. No entendieron. “A cambio me dijeron quién mató a Rafa”, confesó ella. “¿Quién?”, preguntaron. La mujer respondió y, con un palo, grabaron bien grande en la tierra: “Javier Pintos asesino de Rafael Nahuel”.


El gobierno de turno instaló su mirada sobre los hechos. La ministra de seguridad, Patricia Bullrich, al momento de darle el pésame a la familia de Rafael Nahuel, afirmó: “estamos en una situación frente a grupos violentos, que no respetan la ley, que no reconocen a la Argentina y que no reconocen el Estado” y expresó que, por lo tanto, “llevamos adelante una acción legal y legítima, totalmente enmarcada en la ley”. Por su parte, el entonces presidente Mauricio Macri respaldó a la ministra. Los medios de comunicación hegemónicos también se encargaron de instalar miradas sobre los hechos, borrando la idea de que lo que ocurrió con Rafael fue un asesinato y vinculando al lof con el grupo Resistencia Ancestral Mapuche (RAM).


La causa continúa con idas y vueltas. En enero de este año, una pericia señaló que la bala que entró en el cuerpo de Rafael Nahuel fue disparada por otro miembro del Grupo Albatros y no por el anteriormente señalado Javier Pintos. La certeza es que el Estado y las fuerzas de seguridad están implicadas en el asesinato del joven, pero estos manejos, a más de tres años de los hechos, solamente dilatan la adjudicación de esa responsabilidad en la causa. No fue enfrentamiento, fue asesinato.


La narración de los hechos acontecidos entre el 23 y el 25 de noviembre del 2017 fue reconstruida a partir del relato contado por sus protagonistas en “Reunión: Lof Lafken Winkul Mapu y Soraya Maicoño”, de la mano de Dani Zelko. Pueden acceder al texto aquí.


0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

ES LEY