• REVISTA MANTIS

Mitos y leyendas que nos formaron. Parte 2: Grecia

Por Julieta Ferrando -

Para reconstruir el pasado de algunas culturas de la antigüedad no contamos con medios físicos como ser restos de algún yacimiento o en el mejor de los casos textos. Sino que debemos llenar de identidad a una cultura contando a veces solo con sus mitos y leyendas. En algunos casos la arqueología nos brinda más detalles esclarecedores. Sin embargo, como vimos en la Parte 1 de “Mitos y leyendas que nos formaron”, estas historias han sido trastocadas a lo largo del tiempo para ser funcionales a los procesos históricos de los que formaron parte.


Los mitos y las leyendas son relatos que contienen elementos reales, hasta podríamos decir históricos, y en muchos casos están asociados al mundo mágico de la cosmovisión de la cultura que los genera. De esta manera, toman la tarea de moldear y controlar las conductas de la sociedad que las elites no pueden. ¿Qué mejor manera de gobernar tienen las instituciones que habilitar los medios para que las poblaciones midan sus conductas entre sí?


Haremos hincapié en el análisis de las obras que representan los hechos de persecución más violentos, entendiendo que el principal fin del acoso es el sometimiento de las mujeres al matrimonio y por tanto la necesidad de opacar sus voces y participación socio-política. Así, se observan abusivas contra las mujeres, con el objetivo de tener relaciones sexuales o simplemente decidir sobre su vida.

La moralidad ha sido construída intencionalmente desde los espacios de poder. Se designó lo que está permitido y se marginó a la clandestinidad aquello que está por fuera. Nada es tan sencillo, ni estable. Así como cambian los poderíos, cambian también las moralidades.

Ilustración por Sofía Ferrán -

Se han encontrado montones de imágenes en paredes, cerámica, orfebrería, entre otros, de la época de la grecia antigua que contienen escenas cargadas de violencia contra las mujeres. Fueron elaboradas en la época arcaica y clásica desde lo siglos VIII hasta el IV antes de nuestra era (a.n.e.).


En la sociedad helénica, los varones controlaban los medios de producción y el consumo de obras de arte. Manejaban en su mayoría los talleres de producción artesanal. Por eso nos llegó impreso en el arte el imaginario masculino, y las temáticas de la esfera femenina, como la menstruación, el embarazo o el aborto fueron o bien diseñadas según los intereses masculinos o bien dejadas en un lugar no oficial. Uno de los pocos casos en los cuales la figura femenina es representada unida a otras mujeres es en el estilo de las cerámicas de las fuentes de agua con figuras negras de fines de la etapa arcaica.


Tocarles la barba

Las piezas en las que se observa a uno o varios hombres corriendo tras una o varias mujeres, que huyen de sus perseguidores, alcanzan gran popularidad durante los siglos V y IV a.n.e. en les artesanes de cerámica de figuras rojas, aunque ya se documentan anteriormente en las producciones de figuras negras, si bien en mucha menor cantidad. Un ejemplo antiguo muy interesante es el de un ánfora de Jonia, fechada en torno al 520 aC. En ella, se observa a una mujer corriendo, perseguida por dos hombres, aunque la imagen de uno de ellos es casi imperceptible.

La mujer toca la barba de uno de sus perseguidores en señal de súplica, tal como señalaba la costumbre, un gesto que pretendía finalizar la persecución a la que estaba siendo sometida.


Las persecuciones representadas probablemente sean de cortesanas, ya que las mujeres de los ciudadanos, así como las diosas y las heroínas, no eran objeto de representación visual desnudas, menos aún durante sus relaciones sexuales. La bibliografía especializada califica esta escena de erótica, sin valorar la carga de violencia sexual que se ejerce en ella contra las mujeres. Elisabet Huntingford nos explica en su texto Persecución, desesperanza y muerte femeninas en las imágenes griegas:


“La literatura científica y divulgativa considera este grupo de persecuciones como «persecuciones amorosas». Sin embargo, cuando se relacionan las palabras «amor» y «persecución», esta última pierde su auténtico sentido y deja de significar una clara agresión ejercida contra las mujeres para constituir un banal tema amoroso, una actividad de entretenimiento festivo, un juego divertido entre amantes. Las persecuciones suelen interpretarse como una metáfora del matrimonio y se situarían en la esfera del imaginario, pero no por ello dejan de ser menos relevantes en cuanto al papel de las mujeres y de los hombres respecto al matrimonio, y como tales deben valorarse”.


Femicidios de ayer y hoy

Beatriz Rodríguez analiza el nuevo panteón de dioses masculinos en comparación a su predecesor femenino en La femineidad y sus metáforas. Designa cómo habrían de cambiar las prioridades si de lazos de parentesco hablamos, dejando la relación con el padre por encima de otras obligaciones sociales. Esta idea traspolada al mundo mágico no hace ver como son los lazos sagrados aquellos que la sociedad griega de ese entonces ubicaría como ley suprema.


El texto de Rodríguez nos hacen pensar en las estructuras judiciales patriarcales que preceden, por ejemplo, a los veredictos que fallan a favor de los hombres frente a un caso de femicidio. Nos deja el amargo sabor de la injusticia, de no encontrar burocráticamente las herramientas para liberarnos del patriarcado.


La feminidad y sus metáforas busca en el pasado griego la clave en donde los hombres, legitimados por el régimen machista, logran justificar como acciones nobles sus crímenes mortales contra las mujeres. Éstas no podían siquiera defenderse, ni aún junto a las deidades femeninas que en algunos casos las apoyan.


La autora analiza la trilogía épica de Esquilo: La Orestíada, la cual es presentada por primera vez el 458 a.n.e. y cuya función no era el entretenimiento teatral como lo concebimos hoy. Tenía un objetivo pedagógico-ceremonial, que buscaba interpelar las emocione e imponer conformidad a las normas y al pensamiento predominante.

En la tercera parte de esta obra, Las Euménides, se cuenta cómo Orestes, hijo de Agamenón, es perseguido por las Erinias (o Furias). Ellas encarnan al antiguo orden, en su rol de protectoras de la sociedad y ejecutoras de la justicia, exigiendo el castigo a su crimen, que fue matar a su propia madre, Clitemnestra. Orestes escapa y se refugia en Delfos, donde es protegido en el templo por Atenea. Apolo y Atenea son quienes representan la nueva religión patriarcal. Es el aliento de Aquiles lo que incita a Orestes a realizar este femicidio pasional que busca dar venganza por la muerte de su padre, Agamenón (personaje que limita entre lo mítico y lo real). Éste, a su vez, se había ganado el odio de su esposa por haber enviado a su hija Ifigenia en sacrificio a los dioses, haciéndole creer que iba a desposarse con el héroe Aquiles. El engaño desembocó en la muerte de la joven para procurar vientos favorables a su flota demorada por la calma. Favorecido por la diosa Atenea, Orestes vence el juicio y regresa a Argos.


La problemática se centra en lo que cada mundo representa. Por un lado, las Erinias representan el mundo matriarcal, y encarnan la idea de que existe un único lazo sagrado, aquel que une al hijo con su madre; es por eso que el matricidio es un horrendo crimen, el más vil e imperdonable, y por lo tanto no puede quedar impune. En la concepción patriarcal, en cambio, el deber máximo es aquel cometido contra el dueño de casa, Agamenón. Nos explica la autora:


“Dado que Clitemnestra no tenía parentesco de sangre con el hombre que había matado, el asesinato de su marido no preocupa a las Erinias. Para ellas sólo tiene importancia los lazos de sangre y la santidad de la madre; para los dioses del Olimpo, en cambio, el sacrilegio del asesinato de una madre no es un crimen y hasta resulta justificado aunque se cometido a sangre fría y premeditadamente, cuando se ejecuta como venganza por la muerte de su padre.”


Podemos hacer un paralelismo entre estos mitos y leyendas, que nos dejan sabor amargo, y la cultura patriarcal en la que estamos inmerses, que enseña a las personas a regirse con parámetros por completo desiguales y opresores. Las mujeres y el colectivo LGTTBQ+ son dejades en desventaja en un mundo alejado de estas historias, que todavía replica la misma experiencia para nosotres. Ofrece protección a femicidas y abusadores que luego son refugiados en el ala justiciera del estado moral cristiano y machista. Latinoamérica es cuna de un pasado matriarcal, aunque las experiencias patriarcales también existieron y tienen una continuidad en la memoria originaria. Les invitamos a ver el próximo capítulo de Mitos y leyendas que nos formaron para conocer cómo en la región sudaca se han sucedido ritos y costumbres que llevaron a las mujeres a temer y a ser oprimidas.

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