• REVISTA MANTIS

Mitos y leyendas que nos formaron

Parte 1: Grecia


Por Julieta Ferrando -


En la educación que recibimos nos han impartido nociones históricas nacionales con la intención de conectar nuestra cultura de manera forzada con otras, generando un lineamiento entre las culturas de Roma, de la Grecia antigua y del catolicismo. Desde el revisionismo histórico feminista se busca desentrañar los procesos sociales que dieron argumentos para legitimar las relaciones de poder desequilibradas y sometedoras de las mujeres y las disidencias.


Siendo la historia una construcción de múltiples relatos que representan la ideología de algunas personas en particular, podemos pensar que no es casual que todos los procesos políticos y económicos hagan eco de algún hecho del pasado para legitimarse en algún tiempo lejano, y por dichos orígenes se permitan cobrarse un derecho de pertenencia.


En la actualidad, es la ley del Estado la que prima por sobre todas las otras leyes, pero en la antigüedad no era así, ya que eran los dogmas y las religiones los que dictaminaban qué se esperaba de los individuos y sociedades, argumentando con elementos sobrenaturales las razones por las que cuidar de determinadas conductas, costumbres y ritos.


Ilustración por Sofía Ferrán -

La sociedad actual busca entender nuestro presente alineándose con un origen común a la cultura griega antigua, estableciéndose como nuestro pasado civilizatorio. La cultura tuvo la perspicacia de escribir su historia desde tiempos remotos y sufrió modificaciones para justificar a los poderes locales. Es por eso que al leerla no podemos evitar encontrar baches e incoherencias.


En la búsqueda revisionista, nos encontramos con que los orígenes del patriarcado en el Mediterráneo oriental y en el Egeo parecieran remontarse al segundo milenio antes de nuestra era. Múltiples cambios culturales de las comunidades nativas, documentados a través de la arqueología y la linguística, se manifiestan en la esfera ideológica, porque se desplazó una religión politeísta femenina, que se basaba en el culto a la fertilidad y a la reproducción. El culto femenino otorgaba reconocimiento, respeto y autoridad a las mujeres, y fue suplantado por un panteón de dioses preponderantemente masculinos, asociado a actividades bélicas y a la palabra de origen indoeuropeo pater.


Así lo expresa la escritora Molas Font en su libro Violencia de Género en la Antigüedad: “(...) Es probable que la implantación del sistema patriarcal estuviera acompañada del ejercicio de la violencia contra las mujeres –a la que éstas ofrecerían resistencia. Así lo evidencian los maltratos que Zeus, el dios que con su poder mueve las nubes, inflige a su esposa legítima Hera:


«Mas siéntate en silencio y acata mi palabra, no sea que ni todos los dioses del Olimpo puedan socorrerte cuando yo me acerque y te ponga encima mis inaferrables manos» (Homero, Ilíada, I, vv. 565-567).

«¿No recuerdas cuando estabas suspendida en lo alto y de los pies te colgué sendos yunques y te rodeé las manos con una cadena áurea irrompible?» (Homero, Ilíada, XV, vv. 18-20)".


Joana Zaragoza Gras nos deja pensando en Violencia y misoginia: los raptos acerca de que “(...) La mitología griega es prolífica en raptos y, puesto que nada es gratuito en las historias mitológicas, cabe analizar el papel y el significado del rapto como violencia ejercida contra las mujeres. El rapto tiene su base en un fenómeno de pasión unilateral, vinculado a la violación y al poder del más fuerte, que en las sociedades patriarcales corresponde, evidentemente, al varón. Si todos los mitos llevan implícito un simbolismo, hemos de hallar el que corresponde al rapto y ver si detrás de éste se esconde, como parece evidente, una violencia simbólica (...)”


Para seducir, la mujer recurre a su belleza y a sus artes, que han sido colocadas en su interior por los propios dioses y son, por lo tanto, inherentes a su condición femenina. Sin embargo, dado que la seducción femenina se considera una transgresión, solo provoca desgracias. En el caso de los hombres, curiosamente, la seducción parece no existir: como ellos no se valen de su atractivo físico sino de su valentía y sus acciones, sus buenas cualidades no son consideradas como actos de seducción y por tanto, no son reprobables, incluso acciones como el rapto no consentido.


Pero la causante real de las pasiones amorosas y de sus consecuencias es la fuerza de Eros y Afrodita. Son dos, pues las divinidades que están presentes en toda relación amorosa – homosexual o heterosexual, destinada a la reproducción o alimentada solamente por el deseo y la pasión – y ambas ejercen una funesta tiranía. Eros, dios del amor, es el organizador del cosmos, el constructor de las relaciones sociales y la encarnación de la potencia del amor; Afrodita es la diosa del amor pasional y extramatrimonial, censurada en la Atenas clásica al igual que sus atributos, la belleza y el amor, debido a las connotaciones de engaño que conllevan y que analizaremos a continuación. Sófocles pone en boca del coro de Antígona el gran poder de la divinidad del amor:


«Eros, invencible en batallas, Eros que te abalanzas sobre nuestros animales, que estás apostado en las deliciosas mejillas de las doncellas. Frecuentas los caminos desde el mar y habitas en las agrestes moradas, y nadie, ni entre los inmortales ni entre los perecederos hombres, es capaz de rehuirte, y el que te posee está fuera 65 de sí. Tú arrastras las mentes de los justos al camino de la injusticia para su ruina. Tú has levantado en los hombres esta disputa entre los de la misma sangre. Es clara la victoria del deseo que emana de los ojos de la joven desposada, del deseo que tiene su puesto en los fundamentos de las grandes instituciones. Pues la divina Afrodita de todo se burla invencible» (Sófocles, Antígona, vv. 783-800).


Eros ejerce su poder sobre todo el universo, el mar, el cielo y la tierra, el reino animal y el dominio divino, pasando por el género humano. Su potencia y el poder de Afrodita tienen una dimensión cósmica: contribuyen a construir el cosmos, de ahí que poetas y filósofos griegos busquen, por medio de Eros y Afrodita, una explicación cosmogónica y teogónica al origen del mundo, y que sean ellos, a su vez, las divinidades del poder de la reproducción, del deseo y de la pasión. Hallamos ejemplos de deseo y seducción en las historias mitológicas que hacen referencia tanto a divinidades como a héroes y a humanos. Debemos tener en cuenta, también, que los deseos sexuales de los dioses siempre se cumplen y nunca se contemplan desde un punto de vista negativo, sino como un «favor» hacia la persona deseada.


La feminidad se entiende como un otro desconocido que debe ser temido. Una de las mejores formas de generar este sentimiento de temor es unir las ideas de “mujer”, “seducción” y “rapto” a la idea de “muerte”. Todas las figuras mitológicas femeninas que rapten y seduzcan producirán desgracias: las Sirenas y la Esfinge son motivo de muerte segura y terrible, Calipso hace referencia a la ultratumba, y la doncella Perséfone se convierte, debido a un rapto, en nada más ni nada menos que la reina de los Infiernos. Sin embargo existe una diferencia entre los dos primeros ejemplos, que corresponden a monstruos femeninos que raptan, y el tercero, que corresponde a la mujer raptada.

Zaragoza Gros vuelve a traernos claridad sobre la intencionalidad política de los mitos cuando nos plantea que “(...)La fuerza del deseo y el uso de la seducción provocan calamidades a los hombres que son objeto del anhelo de las diosas y también deparan finales desgraciados a la mayoría de las mortales requeridas por los dioses. En el primer caso, esto se debe a la idea de muerte que va unida a la feminidad; en el segundo, a que una mortal que además es mujer no puede alcanzar nunca algo parecido a lo que tienen los dioses olímpicos. Todo ello nos lleva a plantearnos qué tipo de relación existía entre hombres y mujeres en la Grecia antigua para que surgiesen todos los mitos que vienen a fortalecer la idea de que el orden social pasa por el gobierno de los hombres y de que la decisión unilateral del varón es la única solución para la continuidad de las familias, pues es él quien decide los pactos familiares, los matrimonios y la legítima sucesión de los hijos”.


Todo esto se concreta en los mitos, en los que las divinidades femeninas son suplantadas por las masculinas y se deja a la mujer en el papel de reproductora. El temor que genera a los hombres el papel reproductivo-vida de las mujeres se debe a que son ellas las que tienen el poder en este aspecto. Por eso en contraposición ubican a la guerra-muerte como principal actividad del estado en muchos casos.


Desde Mantis, nos proponemos seguir pensando en estos orígenes patriarcales, que seguro esconden nuestro pasado matriarcal, que fue ocultado con mucho esmero y violencia hasta marginarlo de toda posibilidad estatal. No se pierdan el próximo capítulo, en el cual abordaremos los conceptos de persecución y femicidios en el mundo griego.

@2019 REVISTA MANTIS

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