• REVISTA MANTIS

Mi casa tu casa

Texto y fotografías por Mora Garzón -


Hoy los protagonistas de esta extraña película que entrelaza todos los géneros conocidos hasta el momento llamada distanciamiento social y obligatorio son los dispositivos. El continuo uso que les damos pone sobre la mesa las distintas facetas del universo virtual, constituido por un algoritmo complejo que fluctúa entre el vicio y la utilidad. Nuestros espacios y nuestras formas de pensar, actuar, hablar y soñar se encuentran inmersos en la digitalidad. La pantalla es la agenda, la cámara, los afectos, los efectos, el trabajo, el ocio, los vínculos y la ansiedad, todo tóxico y pegajoso como suena. Las casas se tiñen del color que ellas emanan. La realidad se pone entre signos de pregunta, cuestionando(se) su propio concepto y, con él, sus límites.

Una actividad que me permitió sentirme cerca en la lejanía es la del taller de escritura que coordina una amiga, Azul. Son encuentros que suceden semanalmente y que se dieron a pesar de —o gracias a— la virtualidad. Compartimos recortes de nuestros espacios y de los ajenos; compartimos interiores, sentimientos y objetos que denotan, que cuentan cosas; conocemos a las familias y animales, a sus diversos muebles e ideas. Participan personas que conocía pre-pandemia y otras que conocí allí. Somos alrededor de 12. Algunas tienen asistencia perfecta como Lore, Ana, Mila, Jere y Eva, y otras aparecen más espaciadamente.


Hoy, martes, hay taller. Siete minutos pasaron de las doce del mediodía, dirían en la radio. Saber que la puntualidad no es un pilar fundamental en estos encuentros me da la tranquilidad que necesito para calentar el agua del mate a mi tiempo. Dejo la pava en el fuego y, mientras tanto, voy prendiendo la computadora—que también se toma su tiempo— en el living. Mientras espero que el agua alcance su temperatura ideal y que la computadora prenda, miro el celular para matar el tiempo, como dirían algunas personas.


La temperatura del agua sigue aumentando y yo sigo navegando en otros mundos que no me pertenecen, cada vez más lejos del mío. Ahora es la compu la que me espera con la pantalla de bloqueo y su bella imagen paradisíaca, que muestra, desde las penumbras de una cueva desértica, la inmensidad del mar azul que se posa enfrente. De fondo escucho el sonido del agua. Cuando me doy cuenta ya está en ebullición; salto de la silla con torpeza, doy cuatro pasos delatados por el ruido que hacen mis pantuflas azules de garras al rozar el piso. Llego a la cocina, veo el vapor del agua que se dispara siguiendo la dirección del pico de la pava, apago el fuego, espero a que se tranquilice un poco y la traspaso al termo. En ese pasaje el estado gaseoso se expande por el aire creando diversas formas fluctuantes. Preparo el equipo y decido endulzarlo con una cucharadita de miel. Listo, doy media vuelta y desando el camino hacia la ubicación que elegí para este mediodía. Apoyo el mate a mi izquierda, miro la pantalla y noto que recibí el link para entrar a ese mundito. Me imagino los rostros que voy a ver, mi memoria visual me permite recordar los espacios que vienen con cada participante. Pienso que Lore se debe estar preparando algo rico y casero para desayunar, que Celi no se levantó de la cama todavía —ni lo hará a lo largo del taller—, que Juana y Azul también se están calentando el agua del mate, que Jere se está fumando su primer tabaco del día, con muchas capas de abrigo encima, y que Mila también se abriga para pasar este rato afuera de su casa, al aire libre. Me siento, pongo el cuaderno a mi derecha, la lapicera sobre la mesa, los auriculares en cada oreja para no molestar a mi mamá, que trabaja enfrente mío. Me sumo, hoy hay nueve participantes, conmigo diez. Escucho que están manteniendo una conversación, la cual voy dilucidando de a poco. Mi incorporación no la interrumpe. Logro entender que hablan sobre las mañanas cuarentenosas, sobre el taller como alarma para empezar el día. Quiero expresar mi opinión, informar que recién amanezco. Para eso activo el micrófono, saludo con voz ronca, pero no llego a agregar nada más que un: “buen día” porque las risas de ojos achinados, párpados hinchados y ojeras delimitadas interfieren mis palabras. Parece ser que compartimos el sentimiento y los primeros mates del día, los cuales aparecen alternadamente en las ventanitas de mis compañeres, y se escuchan solo aquellos que se dejan escuchar.


Habitamos distintos puntos geográficos que distan entre sí. Como Jere, que vive en una ciudad con nombre capicúa, Neuquén, que ahora se encuentra bajo nieve y bajo cero; o Mila, que vive en la isla del Tigre; o como la gran mayoría que está distribuida en los diversos barrios de Capital Federal en casas, PHs y departamentos. Sin embargo, siento que compartimos un mismo espacio.


Para concluir la conversación distendida y mañanera que sostenemos, mi amiga, comprometida con la causa, dice: “Vamos con los 5 minutos de escribir sin parar”.


Se disipan las risas y los micrófonos se silencian a la par. Algunos ojos buscan sus pensamientos; me doy cuenta porque los veo inquietos, recorriendo los rincones de sus casas, cada cual a su ritmo. De a poco se vuelven a enfocar en la hoja, ya sea digital o “real”, para materializar la nebulosa mental en palabras.

Luego de los cinco minutos, Azul activa su micrófono y aparece a modo de aviso. Propone poner en común algunas de las cosas que surgieron. Los textos presentan un grado de sonambulismo que los hace un poco fantásticos e irreales. Aparecen sueños confusos y distorsionados o pensamientos que surgen minutos previos a dormir, claros e intensos, pero a medida que pasa el tiempo se esfuman o pierden su gracia. En mi texto hablo sobre los rayitos de sol que se asoman, ya sea por la ventana de mi cuarto o por las ventanitas pixeladas de mis compañeres. También hablo del frío que traspasa la pantalla y los vidrios de mi balcón, todos ellos me indican que hoy es un día soleado de otoño.


Recorro visualmente las pantalla. La primera persona que veo es Mila; me detengo en su imagen. Dentro de mi campo visual está ella con un pañuelo negro que delimita su cabeza. En esa escena se dejan ver pedazos de luz cargados de vitamina D que contrastan con la sombra del departamento que habito, en el piso 15 de un barrio de Capital. Activo el micrófono para decir “Hermoso lugar”, palabras que derivan en una conversación sobre ese espacio mágico y consecuentemente idealizado. Ella no lo niega, pero agrega algo que no se llega a notar desde este punto de vista: nos comenta que convive con miles de mosquitos, a los cuales se cansa de matar, día y noche, uno tras otro. La escuchamos con miradas atentas, puestas en la imagen que nos brinda la pantalla, con caras de comprensión y con cabezas que se agitan de abajo hacia arriba lentamente, asintiendo.


Me sumerjo cada vez más en la escena. Mediante dos clicks me acerco, amplío la pantalla y fijo su imagen. Por menos de un segundo se me traban sus voces, hasta que el verde de su fondo se expande en la totalidad de mi pantalla. Me pierdo —o encuentro— en el movimiento que el viento genera, meciendo las húmedas y largas hojas del sauce llorón, que la rodea y la abraza por detrás; veo el sol que cae oblicuo en ese punto de la tierra por la estación del año que atravesamos. Se establece una relación entre mi living, mis cuatro paredes y sus cuatro paredes, que, por lo que puedo observar, son pasto, cielo, agua y madera.

A pesar de estar a kilómetros de distancia y confinada en mi casa, me siento, por unos minutos, dentro de un espacio que no habito. Se unen y se superponen, mi casa es tu casa y entro a tu casa mientras sigo en la mía, veo tu cuarto mientras estoy en el mío.


Paso a la ventanita de al lado. Lore está en su cuarto, efectivamente desayunando; en primer plano está ella con sus rulos, su remera roja y sus cejas teñidas, y de fondo su pared roja. Sigo recorriendo la pantalla. Veo a Jere y a su derecha (creo) un pequeño corcho que cuelga de la pared de su cuarto. Siempre tiene la mirada en otro lado. A nosotres se nos presenta de perfil; asumo que es porque mira la computadora de frente y utiliza la cámara del celular por otro lado. En sus textos aparece la rutina de un pueblo que está atravesando otra fase de la pandemia. Nos pone al tanto de la situación que se vive allí, donde se pueden llevar a cabo cenas con amigos bajo un mismo techo.


Corro la mirada unos píxeles a la derecha. Juana está en el mismo escritorio de siempre; adivino que está cerca de una ventana, porque la luz del sol se asoma por la cámara sin pedir permiso. Toma mate desde un recipiente chiquito de metal, tiene una ranurita pequeña por la cual mete el dedo y lo sostiene. Luego veo a Eva en su cuarto y con sus pelos turquesas y raíces negras. Ella trae textos rítmicos y habla cuando lo considera necesario. El otro día conocí a sus dos hermanas, que son muy parecidas a ella; entiendo que están conviviendo a causa de la pandemia. Asoman sus orejas por detrás de la puerta que está a sus espaldas, queriendo escuchar lo que Eva lee a flor de piel, mientras mueve su cuerpo al ritmo de la intensidad de sus palabras que te agitan y te incomodan al mismo tiempo que te acarician y te besan. El placard que está al lado de la puerta por la cual se asoman sus hermanas tiene un espejo que permite ver gran parte de su cuarto. Logro ver mutantes dibujados en la pared y papelitos de colores con palabras o dibujos que la miopía, la distancia o la calidad de la imagen no me permiten ver detalladamente.


Continúo la visita a los distintos hogares, pero me encuentro con Fran, que está sin imagen. Unos segundos después, Azul pregunta si alguien tiene ganas de leer el texto que trajo para la clase; veo que ella activa su micrófono y se ofrece para leer. Antes de proceder con la lectura la escucho pedir perdón por tener la cámara desactivada, siente necesario justificarse, dice que tiene un aspecto de “cuarentena intenso”. Instantáneamente me la imagino despeinada, sin bañarse hace tres días y con un pijama que no le gusta.


Mientras transcurre el encuentro, los animales —principalmente los gatos— no se quedan afuera. Pasan por delante de la cámara, pisando el teclado, queriendo llamar la atención, demostrando sus habilidades. Mientras Ana lee, Coco maúlla. Quiere que le abra la puerta, pero Ana lee y él se desespera. Finalmente decide levantarse y abrirle, nos pide perdón, pero como empatizamos tanto con Coco no nos importa. Así es como vamos estableciendo un vínculo con ellos también.

Me ubico en el living porque es donde llega mejor la señal de WiFi. Compartimos la mesa y los mates con mi mamá, pero no hablamos. De hecho, cada vez que digo algo me mira confundida, no sabiendo si le hablo a ella o a la pantalla, y cada vez que ella dice algo, mis compañeres me preguntan qué fue lo que dije y yo aclaro que fue mi mamá. El ruido ambiente de mi casa se superpone con la nueva consigna que propone Azul, luego de la lectura de Fran: “Hagan una lista con los pros y contras de la virtualidad, les aviso en 15 minutos” dice mi amiga, con sus pelos cortos y desparramados.


Recién me doy cuenta de que tengo la cámara de la computadora desactivada, es decir, que tengo las ventanas de mi casa —que hoy es mi mundo— cerradas. Me acomodo el flequillo, elijo el ángulo —pensando qué quiero que entre y qué no— y la activo. Con tan solo un click dejo entrar a nueve personas: pasen, siéntanse como en su casa.


“La reunión ha finalizado”, se fueron todes en un abrir y cerrar de ojos y el mate se enfrió.



@2019 REVISTA MANTIS

  • Instagram - Negro Círculo
  • Facebook - Círculo Negro
  • Twitter - Círculo Negro