• REVISTA MANTIS

“Lxs locxs están afuera”. Crónica de una internación

Por Paula Rodríguez Cavallo -


La existencia, en la teoría y en la práctica, se puede volver compleja de entender. Y cuando no entrás dentro de los cánones de la norma, todavía más.


Hay algo de lo cual poco se habla o se habla sin saber, y es la salud mental. Una cuestión que la psicología y la medicina vienen estudiando hace tiempo pero a mi entender nunca terminan de encontrarle la vuelta. Porque, ¿quién entiende el cerebro de le otre con todos sus pensamientos, razonamientos y emociones?

Ilustración por Diamante Dulce -

Para las personas que vivimos con algún trastorno o “enfermedad” que afecte nuestra psiquis, es muy difícil a veces diferenciar cuándo la cabeza nos está jugando una mala pasada y cuándo lo que nos pasa es parte de nuestra personalidad, para decidir si trabajamos sobre ella o no.


Y si tenés mucha suerte, cuando te encontrás en el agujero más negro del cual pensás que no vas a salir nunca, te animás a pedir ayuda.


Esta ayuda puede venir en múltiples formas, pero acá me voy a enfocar en la decisión de internarse en una clínica de psicopatologías para enfrentar la inmensurable tarea de mirar(te) introspectivamente y trabajar toda tu mierda aislade de la realidad de la que venías acompañade.


La alternativa de la internación cuando nunca la viviste y solo conocés lo que viste en la televisión puede sonar espantosa y generar muchos miedos e inseguridades. Pero cuando es eso o tu vida, tomar esa decisión puede ser lo más valiente que hagas.


Sin intenciones de romantizar esta experiencia, quiero aclarar que todo lo que diga acá va a ser basado en mi experiencia personal, que se encuentra contextualizada dentro de una situación socioeconómica favorable y una familia que acompañó y continúa acompañando el proceso de intentar sentirme mejor y más a gusto con lo que llamamos vivir.


El título de esta nota es una frase que usábamos mucho con mis compañeres de internación cuando queríamos sentirnos mejor con nosotres mismes y también dándonos el permiso de sentirnos orgulloses de haber elegido encerrarnos para superar o apaciguar al menos el conflicto que nos llevó a querer dejar de existir en este mundo tal como lo conocemos y habitamos. Y creo que es una frase que me va a acompañar toda la vida, así como esta experiencia, una de las más trascendentes de mi vida.


Estaba en la cama hacía 24 horas, no respondía ningún mensaje ni tenía intención alguna de enfrentar al mundo. De repente llegaron mi hermana y después mi mejor amigo, que tenían llaves de casa, queriendo que “active”. ¿Activar, en serio? Cuando todo se ve negro esa no es una opción. Entonces pronuncié las palabras que venían formándose en mi cabeza hacía varias semanas: “me quiero internar”. Internarme y no enfrentar el mundo, pensaba, y cómo me equivoqué, porque tuve que darle pelea a todo ahí adentro.


Ya era de noche, pero hablamos con mi psicóloga y quedó en llamarnos al otro día con toda la información sobre a qué clínica ir, pensando en buscar una que tenga ciertas comodidades aprovechando el beneficio de la prepaga para que la estadía sea lo más amena posible. Esa noche me fui a dormir a lo de mis xadres, y la ansiedad y los nervios empezaron a brotar, porque ya no había vuelta atrás. Ya había dicho lo que necesitaba y la alarma que encendió en mi círculo de contención no se iba a apagar hasta que lograran verme entera. Todavía dudo si algún día podrán hacerlo.


Al día siguiente me llamaron y me dijeron que a las cinco de la tarde me tenía que presentar en la clínica. Más nervios y culpa por tener que dejar a mi gata sin mi cuidado y ver sufrir a la gente que me rodeaba y se preocupaba por mí.


Me presenté en el establecimiento acompañada de mis hermanas, mi mamá, mi papá y dos amigues. Me despedí y pensé “¿a dónde me estaré metiendo?”, pero aún así intenté mostrarme segura de lo que estaba haciendo.


El médico de guardia nos hizo una larga entrevista a mis xadres y a mí para tratar de buscar una especie de pre-diagnóstico y dejar asentado qué tipo de terapia recomendaba para mi situación y la medicación que ya venía tomando hace años hasta que me conozcan mi psiquiatra y mi psicólogo fijes que iban a atravesar todo el tratamiento conmigo mientras me encontrara en ese lugar. Terminado ese momento, me acompañó una enfermera muy amorosa a la habitación que me asignaron, me revisó desnuda y controló todas mis pertenencias. Me pidió que etiquete todo con mi nombre y me dio ánimos diciendo que voy a estar bien y que me va a gustar el lugar. La habitación la compartía con dos personas más y teníamos nuestro propio baño. Ya faltaba poco para la cena pero antes tuve que bajar al espacio compartido y conocer a quienes serían mi trinchera durante ese mes de estadía.


En las mesas de adentro veía mucha gente mayor y en el patio gente joven. Decidí ir afuera. Me senté con un montón de extrañes y lo primero que me preguntaron fue: “¿sos nueva, no? ¿por qué entraste?”. Directo al grano. Sin anestesia. Tímidamente dije mi nombre y balbuceé algo sobre una depresión profunda. Las ideas suicidas se compartieron más adelante. Todes eran muy amables y se presentaron aunque sabían que no iba a recordar sus nombres al día siguiente. Pasado un rato me llamó la enfermera y me dijo que me iban a cambiar de sector, y después del segundo control de mis pertenencias me explicó un montón de reglas que me parecían una locura, pero después tenían sentido si las racionalizaba, teniendo en cuenta que éramos un montón de pacientes sin ganas de estar vives o estar ahí. Y éramos eso, pacientes. Rara vez desde que dije que me internaba hasta el día de hoy me siento persona y no paciente. Cena temprano, medicación y a la cama. Para mi sorpresa esa noche no lloré. Al día siguiente me sentía completamente dopada, me costaba caminar por las rampas que tenía el lugar, quería quedarme en la cama durmiendo todo el día pero no podía (una de las normas clave de mi sector: a la cama sólo a la noche o en el horario de la siesta, después integrarse a las actividades sí o sí). Tuve miedo de que me tengan así durante todo el proceso y de no adaptarme al lugar y cumplir su objetivo, ya que escuchaba que la mayoría iban por su tercera, cuarta y hasta quinta internación. La experiencia de elles ayudó a la mía. Siempre sabían por lo que estaba pasando y tenían palabras de aliento. Comprendían realmente lo que me pasaba.


Y ahí me di cuenta que eso buscaba en la internación, un universo donde la gente entienda lo que pasa por mi cabeza desde que tengo uso de razón. No solo que empaticen o intenten comprender, si no que lo sepan de primera mano, que lo vivan, les atraviese el cuerpo.


Hubo terapias individuales, grupales, musicoterapia, gimnasio, terapia ocupacional, taller de reflexión, me dediqué a leer, escribir y pintar. Pero sin duda, lo que me salvó fue saber que no estaba sola. Existe gente que vive día a día con la misma dificultad que lo hago yo. No es que me agrade saber que hay mucha gente sufriendo a diario. Pero a veces expresar el dolor de forma individual para que se transforme en colectivo es sanador. Escuchar a otres y escucharnos a nosotres mismes puede ser una gran herramienta para atravesar tanta pena.

En cuestiones de género la clínica dejaba mucho que desear. Por supuesto tenía pisos de “hombres” y de “mujeres” por separado, y sólo nos cruzabamos en el salón común o en el patio. Asumían la heterosexualidad de todo el mundo a no ser que digamos lo contrario, como fue mi caso. Y las reglas no eran iguales para todes. Ellos se podían afeitar con el control de una enfermera pero si una chica pedía rasurarse las piernas o las axilas no se lo permitían. A nosotras nos controlaban el largo de la remera, de la pollera o el pantalón mientras que ellos vestían como querían.


Tuve que pedir reiteradas veces que no me tocarán sin mi consentimiento porque esos límites si no los ponía una, la clínica y el staff no se ocupaban. De última, te pedían que no te acerques a esa gente que te generaba incomodidad.


El encierro, la gente y la nueva medicación me ayudaron en el momento, pero cuando tuve que salir y empezar a vivir de forma tan distinta a como lo venía haciendo, y darme cuenta que afuera todo seguía igual, fue realmente como atravesar un remolino. Me quedo con el intento, con el poder hablar con mis compañeres que ya tienen el alta también, y con la esperanza, aunque sea pequeña, de que tanto el mundo como yo vamos a cambiar y para mejor. Así como el feminismo me abrazó una vez y cambió mi visión de la vida y en particular de los vínculos, hoy tengo que abrazarme con nuevas etiquetas que tal vez después pueda soltar y permitirme sentir y expresarme. Y quien me quiera escuchar y/o abrazar bienvenide sea, y quien necesite ser escuchade y/o abrazade también.



Si necesitas ayuda y/o contención, te podés comunicar con las siguientes redes:


https://www.casbuenosaires.org.ar/hospitales

https://www.redpsicologxsfeministas.com/


¡No estás sole!


Por una ciencia al servicio del pueblo

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