• REVISTA MANTIS

Lo que más duele vuelve, te explota en la frente

Relato sobre violencia de género y salud mental


Por Lucy in the Sky -


La primera oración del título es parte de una canción de Barbi Recanati, “En la frente”. La elegí porque salió en un momento crucial y me sentí identificada. Eso sentí, que todas las situaciones que había vivido como traumáticas volvieron y me explotaron en la frente.


En los siguientes párrafos voy a compartir con ustedes mi experiencia sobre distintas situaciones de violencia de género que atravesé y cómo las mismas fueron causantes de un trastorno en mi salud mental. Me posiciono como estudiante, militante y perteneciente a la clase trabajadora, por ende, tengo acceso a una obra social y a una red de contención familiar y de amigues que no todes tenemos a la hora de vivir experiencias de esta índole.


Lo que les voy a narrar forma parte de todas mis experiencias de vida, desde que nací hasta hoy. Porque el patriarcado opera en múltiples formas, desde que venimos al mundo y se nos asigna un rol en la sociedad, en nuestra familia, en la escuela, en el trabajo, en la Universidad y en cualquier otro espacio que habitemos. Somos muches les que hemos vivido situaciones violentas, y hoy no quiero hablar como víctima, porque ese es el lugar en el cual nos pone el sistema. Somos más fuertes que eso, es hora de crear nuevas identidades que nos permitan posicionarnos desde otro lugar. El dolor nunca se acaba, pero estamos juntes y luchando contra toda la opresión que opera sobre nuestres cuerpes. Hoy quiero contarles lo que yo viví para que les sirva de reflexión, porque ambas problemáticas son sociales, no individuales; y el Estado sigue ausente.

Ilustración por Belén Durruty -

En mayo de 2019 empezaron a florecer en mi cabeza y cuerpo recuerdos de una relación violenta. Me sentía en el pasado otra vez, como si estuviera volviendo a vivir lo mismo. Todo comenzó con una situación que me generó inseguridad y empecé a retroceder. Creí que con el paso de los años ya todo estaba resuelto. Pero no, la verdad es que había metido todo el dolor y el sufrimiento bajo la alfombra, intentando seguir como si nada hubiera pasado. Me encerré tanto en mis pensamientos que dejé de hablar de lo que me pasaba. Empezó una lucha entre mi cabeza y yo. No entendía lo que sentía, pero estaba destruida. Meses después se me vino el mundo abajo. La gota que rebalsó el vaso fue un taller para erradicar la violencia de género que brindamos a estudiantes de sexto año en la escuela donde trabajaba. La temática era “amor romántico”. Ahí me di cuenta de que desde los 17 años hasta los 21 había sido violentada de múltiples formas por mi ex novio. Esos días fueron muy difíciles, no podía parar de pensar en situaciones sumamente traumáticas. Mi cabeza explotaba.


Desde finales de 2018 y hasta mayo de 2019 había sido acosada en el trabajo por mi jefe. Me iba cayendo una ficha tras otra, estaba abriendo los ojos. No podía más, mi cuerpo no aguantaba más violencia. Como si no bastara todo lo ya escrito, tomé consciencia de que había sido violada en dos ocasiones.


Mis pensamientos me abrumaron y no pude conciliar más el sueño. Estuve una semana completa sin poder dormir. Empecé a pedir auxilio, a mis amigues y a mi psicólogo. Pero llegó un momento en el cual no pude más, me tuve que retirar del trabajo porque ya era evidente que había perdido el control de mi cabeza. A pesar de mi situación, me senté a hablar con ambas directoras y les expliqué que había vivido situaciones de violencia de género y que todo eso estaba explotando en mí en ese momento. Me fui con la idea de pasar unos dos días tranquila, poder dormir y volver. Mi mamá y mi hermano me buscaron, no sabían qué hacer conmigo y yo estaba muy agresiva. No quería que mi familia se implicara en absolutamente nada, porque tienen una forma de resolver algunas situaciones que nunca me ayudó. Llegué a mi casa y me recibió una amiga que vive al lado, le explicó a mi familia que yo estaba atravesando un momento difícil, en el cual quería ser acompañada por mis amigas. Ese día tenía sesión con mi psicólogo online y le iba a pedir una intervención. No entendía absolutamente nada, pero era racional a la hora de decidir algunas cuestiones. Lo que estaba viviendo era un episodio de manía. Mi amiga se tenía que ir y llamó a otra para que venga a acompañarme, que es psicóloga. Me quedé sola, mientras mi psicólogo calmaba a mi familia, se comunicaba con el Sanatorio Morra (Clínica de salud mental en Córdoba) e intentaba dar con mi ex compañero. En ese momento tenía una relación sexoafectiva sana con un amigo de toda la vida. Mi psicólogo me había dado dos posibilidades, tomar una pastilla o ir a una clínica. No pude receptar ambas opciones por el estado que tenía, así que opté por la única que había resonado en mí cabeza, ir al Sanatorio Morra. Pasaron algunas horas, ya era de noche y hacía muchísimo frío. Fuimos en auto, acompañada por mi amiga y mi ex compañero. Llegamos y me atendió una psiquiatra, me preguntó algunas cuestiones y notó al instante mi desequilibrio. Le dije que hablara con las personas que me acompañaban y ella también lo solicitó. Salí del consultorio y pregunté si podía escuchar música, puse Bandalos Chinos y esperé sentada. Volví a entrar y me explicaron el procedimiento, me iban a inyectar para que pudiera dormir.


Vinimos a mi casa y no me quería dormir, mi amiga prácticamente me obligó a acostarme. A las cinco de la mañana me desperté y le empecé a hablar a mi ex compañero que estaba durmiendo conmigo. Me preguntó si quería tomar más clonazepam y le dije que sí. A los dos días tuve que volver al Sanatorio Morra para un control y me volvieron a inyectar.


Y ahí empezó mi tratamiento psiquiátrico. Los primeros cinco días dormía todo el tiempo. Tomaba dos medicaciones. No me acuerdo mucho de esos días. Me sacaron el celular y perdí el contacto con el exterior. Hoy en día agradezco mucho a las personas que me acompañaron durante ese momento. Nunca estuve sola. Esa red de contención me permitió atravesar esa situación. Había alejado a mi familia, no quería que me vieran así.


Había que buscar psiquiatra, y encontramos una recomendada. También hablamos con otra profesional cercana a la familia que trabajaba en el Sanatorio Morra, y fui a verla. Me diagnosticaron trastorno de bipolaridad. No pude volver a trabajar, me dieron carpeta psiquiátrica y empecé a atravesar una situación muy nueva y extraña en mi vida: Sentirse no productiva. No poder cumplir con mis obligaciones. En fin, parar. En la escuela creían que iba a poder volver a trabajar, y no fue así. Empecé a asistir a las juntas médicas de la provincia de Córdoba, donde tres profesionales te avasallan a preguntas y determinan si podés volver a trabajar o no. Te maltratan, no te explican absolutamente nada y te vuelven a revictimizar. Estuve más de un mes sin poder trabajar y a punto de perder el laburo, porque era una suplencia, y cuando te dan más de un mes de carpeta médica tu cargo queda a disposición para ser asumido por otra persona. Así que ahí estaba, atravesando un proceso muy difícil para mí y mi trabajo peligraba, con lo que eso conlleva para una persona que vive sola y es autónoma.


La escuela me esperó y pude volver a trabajar. Al principio fue muy difícil cargar con el estigma y que todo el mundo te pregunte qué te pasó. Estar medicada y trabajar tampoco fue fácil, estaba la mayor parte del tiempo muy cansada. No entendía muy bien dónde estaba parada. Finalmente, este 2020 no me contrataron como titular, a pesar de que podían hacerlo, a causa de mi carpeta psiquiátrica.


De a poco fui volviendo a mi vida; en las vacaciones pude irme un mes al sur y ver todo lo que había atravesado desde lejos. En febrero pude rendir una materia en mi facultad. Volví a tomar el control de mi cabeza.


Cuando llegó la pandemia, mi psiquiatra no me atendió más, y en mayo terminé otra vez en el Sanatorio Morra dos veces en una semana, el clonazepam había dejado de hacerme efecto. Volví a que me inyecten para poder dormir, pero esa vez asistí a tiempo. Estuve al borde de hacer un episodio de biomanía. Cambie de psiquiatra y de medicación. La medicación que tomaba anteriormente me hizo aumentar de peso, no tenía libido sexual y también dejé de menstruar.


El tiempo pasó y pude estabilizarme otra vez. La medicación que tomo actualmente hace el efecto correcto. De todas formas, nunca dejás de ser estigmatizade. Pero acá estoy. Recién la semana pasada y después de seis años pude empezar a hablar con mi psicólogo sobre la relación violenta que atravesé.


Hablar sobre violencia de género y salud mental me parece fundamental. Es necesario que como sociedad nos comprometamos con ambas problemáticas y que el Estado garantice políticas públicas que las aborden.


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