• REVISTA MANTIS

Lenguaje inclusivo, esa bandera que provoca

Reflexiones a partir del debate “La lengua en disputa”


Por Belén Durruty -


Hace no mucho tiempo, durante una de las clases que doy en un colegio secundario, en las que muchas veces uso el lenguaje inclusivo cuando hablo, un poco forzadamente (porque en general me cuesta bastante), pero con la intención de que esté ahí presente en ese espacio, un estudiante interrumpió y dijo: “Vos no me vas a obligar a escuchar algo que no quiero escuchar”. El curso quedó sumido en un silencio que jamás habíamos presenciado, y yo, recalculando hasta el día de hoy y seguro muchos más. El punto es que en ese uso del lenguaje había una molestia particular, que no ocurría con otros usos. No sé, pienso que, por ejemplo, el uso de vocabulario específico de la materia y ajeno al coloquial y cotidiano que manejamos les hablantes en general no resultaba una molestia, sino, por el contrario, hasta despertaba curiosidad por saber el significado de esos términos para entender y conocer un poco más. Pero el lenguaje inclusivo generó otra cosa en ese estudiante y –quizás, me imagino– en muches otres. El lenguaje inclusivo molestó. Molestó al punto de no querer escucharlo. Pero, lamentablemente, para ese chico y muchas otras personas, será un capítulo más dentro de todos los avatares de la vida con los que, aunque no nos gusten, tenemos que aprender a convivir. El asunto concretamente radica en qué es lo que tanto sofoca a las orejas ajenas al escuchar el lenguaje inclusivo.

Ilustración por Mora de las Casas -

En la XIII Feria de Editores del pasado 2019, que tuvo lugar en el CC Konex, Beatriz Sarlo (ensayista y docente a nivel nacional e internacional) y Santiago Kalinowski (licenciado y profesor en letras de la UBA, con un amplio currículum relacionado a los estudios lexicográficos y lingüísticos) fueron convocades para participar del debate que se denominó “La lengua en disputa. Un debate sobre el lenguaje inclusivo”. Ambes son referentes del mundo de las letras y tienen un lugar conquistado en el académico. El debate giró en torno al vínculo entre lengua y realidad, noción que hace eco con la hipótesis de los lingüistas Sapir y Whorf (de la década del ’40, aproximadamente) que postulaba que nuestra lengua materna determina la forma en la que concebimos el mundo y, por lo tanto, cada lengua implica una forma distinta de comprender la realidad. El momento más candente del debate se dio en la segunda parte, cuando se disparó la pregunta: “¿Cuán dueñe se es de la propia lengua, de la manera de expresarse? ¿El inclusivo pone en riesgo esa inteligibilidad del castellano?”.


Con respecto a la primera parte del debate, la hipótesis de Sapir y Whorf fue refutada instantáneamente y sin mucha explicación al respecto. Luego, a lo largo de la exposición, los argumentos que protagonizaron el análisis fueron, por un lado, la intención de entender este fenómeno del lenguaje inclusivo (así, con ojos cientificistas) a partir de los procedimientos ya estudiados y sistematizados sobre los que pasó la lengua desde el latín al castellano, haciendo referencia a conceptos tales como la sonorización de consonantes intervocálicas, momento en que el Licenciado Kalinowski dio cátedra en el auditorio y, siempre, llegando a la conclusión de que esto no tiene nada que ver con los tipos de modificaciones que sufrió (sí, lastimosamente) el castellano en su historia, según cómo la contaron. Es decir, estudiosos de la lengua (tales como filólogos o historiadores) han demostrado que ésta, en su uso, siempre apunta a ser más eficiente, más económica, en el sentido de que requiera menos esfuerzos al hablar.


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Por otro lado, Sarlo demostró, desde el primer momento, una evidente incomodidad respecto al lenguaje inclusivo, y marcó una postura clara al decir: “Yo tengo una relación conflictiva con lo que nos preguntaron recién” (haciendo referencia a la segunda pregunta). Más adelante, insistió: “Cualquiera que intente imponerme un uso lingüístico perdió”. Este posicionamiento lo apoyó con una analogía bastante polémica, al hablar sobre la lucha “en serio” del movimiento negro en Estados Unidos, que dio lugar a que la palabra nigger resultara socialmente condenada. La polémica se pudo ver en la justificación que ella misma se permitió hacer para explicar por qué estaba hablando de una verdadera lucha: “Cuando digo luchas en serio digo prisiones, digo ejecuciones, digo blancos del Ku Klux Klan entrando a los barrios negros, digo luchas arriesgadas, no pequeñas cuestiones que pueden pasar en un barrio donde se use o no se use el inclusivo.” Sarlo, espero que esto te llegue aunque sea como un susurro a través del viento: podrás tener tantísimas lecturas literarias y de prensa internacional, habrás dado clases en la Universidad de Buenos Aires, de Columbia, Minnesota, Cambridge y no sé cuántos lugares más, pero claramente te hace falta conocimiento sobre la brutal realidad que viven las personas del colectivo LGBTTIQ+ y las mujeres, oprimides y hostigades por el patriarcado, desde sus formas más simbólicas hasta las más cruentas. Perdón, lectore, por el exabrupto.


Acto seguido a la analogía, se desató el debate con todas las letras dando lugar a todo un episodio de lo que podríamos llamar “feminismo y confusión”. Kalinowski respondió al argumento de Sarlo exponiendo su postura, respetable, en la que sostuvo que la lucha por el lenguaje inclusivo “es una lucha realmente en serio, que se mide en mujeres muertas, mujeres muertas todos los días (…). Las mujeres muertas, las mujeres que no cobran lo mismo por el mismo trabajo, las mujeres que no pueden caminar en paz por la calle, las mujeres que sufren abusos dentro y fuera del hogar, esa es la lucha del inclusivo”. Más allá de que, a partir de este momento, los argumentos se basaron en una mirada binarista, en cuanto a los roles desempeñados por les disertadores, Kalinowski, varón, representó la voz de las mujeres y Sarlo, mujer, la voz de quienes quieren conservar la “pureza del lenguaje” y que no soporta ningún tipo de imposición que no provenga de ella misma. El debate continuó en esta línea, pasando hasta por el leitmotiv de las discusiones que tienen por objeto algún asunto social: “¿qué es la política?”.


El esclavo que no se mueve, no escucha el ruido de sus cadenas


En fin, quizás usted, lectore, se pregunte qué tienen que ver la anécdota escolar narrada al principio y el debate de estes dos académiques. El asunto es que el lenguaje inclusivo genera resquemores sin importar el rango etario, nivel de estudios, generación, procedencia cultural, etc. El lenguaje inclusivo provoca y ha llegado para quedarse, siendo así protagonista de desde debates de bar de madrugada hasta escenarios intelectualoides. Aunque el licenciado Kalinowski haya sido la cara que defendió el inclusivo, igualmente sostuvo en gran parte un análisis sobre cómo no se corresponde con otros procesos por los que pasó el castellano, hecho que se han encargado de explicar muches otres conocedores del asunto. Pero quizás –y seguramente así sea– esto se trate de otra cosa, de otro proceso, al cual les lingüistas, filólogues o quien quiera hacerlo tenga que ponerle un nombre nuevo porque no existe (o, insisto, así es como nos contaron la historia).


El lenguaje no sexista es una bandera que muches llevamos bien arriba, una bandera que da cuenta de la verdadera disputa que se está dando sobre el castellano desde hace ya algunas décadas: la disputa económica, desde el punto de vista bourdieuano, en la que algunas lenguas y algunos usos cotizan más que otros. Esta idea tiene que ver, por ejemplo, con el hecho de que el lenguaje se ha usado históricamente como una herramienta más de conquista. Y esta conquista y esa cotización es avalada institucionalmente por las academias de letras y los Estados, al instaurar idiomas nacionales, y reproducida en la educación y por medio de todes les hablantes que se encargan de defender, a modo de cómplices (conscientes o no), los usos aprobados por los diccionarios. Pienso en una canción que dice: “El esclavo que no se mueve, no escucha el ruido de sus cadenas”. Y así es, nos colonizaron en la tierra y en el habla. Movámonos para escuchar las cadenas que nos atan a una forma de hablar determinada y piensen, un segundo por lo menos, antes de argumentar contra el lenguaje inclusivo, qué es en realidad lo que están defendiendo.


Si querés ver más al respecto:

Acá podés leer más info sobre la hipótesis de Sapir y Whorf.

Acá se puede ver el debate. También fue editado en forma de libro por Ediciones Godot y se consigue fácilmente en cualquier librería.

@2019 REVISTA MANTIS

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