• REVISTA MANTIS

"Las hijas del fuego": el deseo como protagonista

Entrevista a Albertina Carri


Por Camila Pichardo -


Albertina Carri es una reconocida guionista, camarógrafa y directora de cine, entre otras, que se identifica con lo que se conoce como cine de autor por desarrollar un estilo propio, valiente y artesanal que comenzó a trazar a la temprana edad de 18 años. Durante su camino ha producido películas reconocidas como Los Rubios (2003), La Rabia (2008), o Cuatreros (2016). Comienza a sumergirse en el arriesgado y provocativo mundo pornográfico con el cortometraje Barbie también puede estar triste (2001), incursionando en técnicas de animación, y con Pets (2012).

Con su última producción, ha dejado bien asentada la respuesta a la pregunta “¿qué cuento cuando cuento porno?” Las Hijas del Fuego (2018) plantea este interrogante en un guiño de circularidad entre la trama y lo que se deja entrever de la visión de la directora. Esta película, que ganó el premio a la Mejor Película de la Competencia Argentina en el BAFICI del 2018, es en una invitación a repensarnos desde la militancia por el goce, la libertad y la visibilización. Es un posicionamiento político, nos incita a realizar un nuevo universo creativo respecto al porno, a través de sus planos largos, húmedos, de masturbación y también de sexo con otras mujeres, rompiendo con la estructura de todo lo que se denomina como porno mainstream (espacios constituidos por y para el deseo heteronormado y patriarcal).


Desde Revista Mantis no quisimos dejar pasar la oportunidad de hacerle algunas preguntas a Albertina sobre lo que fue la construcción de la película, tanto al interior de la misma como dentro del género en el que se encuentra.



Buscar directorxs o producciones que se salgan de lo normativizado del porno mainstream puede volverse una tarea difícil para aquelles que no estamos tan adentrades en el mundo cinematográfico. ¿Qué directorxs podrías decir que te inspiraron a hacer Las Hijas del Fuego? ¿Cuáles recomendarías?


Me resulta muy difícil recomendar cine porno. Hay una película que se llama eXperimental Eros que me resulta muy inspiradora. Luego está el porno de los 60 y 70, las clásicas Garganta profunda, El diablo en Miss Jones, Detrás de la puerta verde. El porno gay de aquella época también, Prison System 4610, las películas de Travis Matthews y luego el porno más y menos amateur que se encuentra en las plataformas. Allí hay de todo, cada vez hay más material de todo tipo. El desafío es buscar y encontrar. No creo que nada de lo que se hace ahí tenga algún valor cinematográfico, como que el porno y el cine hace tiempo que se alejaron, varias décadas, probablemente desde la llegada del VHS (como lo cuenta Boogie Nights).


Sabemos que la película se inscribe dentro de un marco de ruptura respecto al porno tradicional, machista y patriarcal, y que en escena encontramos cuerpos que se salen del ideal de belleza al que aspira la sociedad capitalista. En estos términos, ¿cómo fue el camino que tomaste para la realización de la película?


De algún modo no se me ocurrió hacer la película hasta que no apareció la posibilidad de filmar con chicas que no vengan de la industria del porno. No porque tenga un prejuicio específico contra ellas, sino porque es un tipo de cuerpo que reproduce un ideal de belleza que a mí no me representa. Para mí lo bello está relacionado a otra cosa, no a la flacura, la blancura y el exceso exhibicionismo de las partes eróticas, sino más bien a una inteligencia, a una forma de moverse, de hablar, de gozar con el propio cuerpo. El ideal de belleza humano se supone que siempre está lejos de la animalidad. Para mí no hay nada más bello que lo animal y lo bestial, es una búsqueda que está en todas y cada una de mis películas, de una forma o de otra. La decisión entonces que tomé como realizadora fue buscar esa belleza contrahegemónica tanto en los cuerpos como en los paisajes.


Ilustración: María Emilia Giordano.-



En cuanto a lo estético, es evidente que la película tiene una estructura clásica que acompaña el relato de los personajes y que luego se va desenlazando en una trama más psicodélica. Esta estrategia la denominás "usar las herramientas del enemigo". ¿Pensás, tal vez, que desde una producción más experimental podría perderse el sentido en cuanto lo que querías transmitir?


Yo adoro el cine experimental, me conmueve la poesía de un mancha más que una escena narrativa. La película de (José Antonio) Sistiaga, un film realizado a mano con pinturas, es de mis películas favoritas. Pero también sé que es un arte no masivo, que la invasión de imágenes y relatos a las que estamos expuestes no nos da tanto margen para poder apreciar el arte más contemplativo o reflexivo. Entonces, intenté acercarme a las personas desde un relato más convencional, que sin embargo está lleno de aristas y rupturas. La trama se va diluyendo sobre el final hasta que ya no sabés muy bien donde estás, si es un sueño, una fantasía, un nuevo viaje, si siguen en el mismo decorado. Y eso me gusta mucho, porque siento que ese diluirse, ese no cumplir con las expectativas de una trama perfecta, es modo de correrse de la lógica patriarcal y capitalista, que piensa el mundo en términos de objetivos.

Creo que fue importante entonces, para llegar a ese final, haber contado la película como una road movie, siguiendo una aparente trama que luego se derrama en un orgasmo que pareciera no tener fin.


Respecto a las expectativas que podías tener sobre este proyecto, ¿cuáles podrías decir que fueron las limitaciones a la hora de producirlo?


Las limitaciones fueron de producción. La falta de recursos nos acompañó a lo largo de toda la peli, pero también nos sobró convicción y por eso pudimos hacerla. En términos éticos, la limitación fue no hacer nada que no sea consensuado y previamente hablado entre todas. Y ahora, al ver la película, tengo la sensación de que ahí radica la potencia: en ese consenso, en esa entrega fugaz y a la vez eterna (porque el cine hace que esa fugacidad quede plasmada por siempre) que muestra las imágenes en tono de celebración y reflexión permanente.


Las hijas del fuego es una road movie, porno lesbofeminista y más. El paisaje fueguino nos empieza a recorrer a través de un clima que nos eriza la piel cuando vemos a dos chicas que emprenden un viaje por la Patagonia, con el objetivo de filmar una película porno. Las montañas, el viento, la ruta, las lengas, el frío y la aridez contrastan con la humedad y el calor que se desprenden del deseo, de aquel relato que nos invita, a su vez, a mojarnos. El paisaje se torna en un gratificante ir y venir de cuerpos de mujeres que se van sumando al viaje, reivindicando su propio goce para esparcirlo en toda la estética principal de la película. Mujeres que comparten su cuerpo en conexión con otras y a la vez consigo mismas, de una manera tierna y sensible, abriendo un nuevo camino a la representación de los cuerpos, del sexo y de la disidencia.

@2019 REVISTA MANTIS

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