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La política partidaria y nosotres

Por Sasha Pilarczyk -


La política se nos ha presentado históricamente como un espacio de privilegio al que solo determinado sector de la sociedad puede llegar. No es muy difícil imaginar cuál es ese sector selecto: una vez más, hablamos de varones. De varones cis, blancos y heterosexuales que se encuentran en una posición económica acomodada. ¡Sorpresa!

Ya desde la época de Aristóteles, cuando este habla de política, la limita a una parte de la sociedad. La mujer no solamente no entra en la escena, sino que ni siquiera se la piensa como un sujeto político, se la percibe como un ente animado. Y aquí cabe pensar que, si bien nos remontamos a épocas muy lejanas, esta situación no varió mucho a lo largo de los siglos.


En nuestro país, recién en el año 1951 las mujeres pudieron ejercer su lugar de electoras por primera vez. No fue hasta este momento que se pudo hablar de una verdadera universalidad del voto, ya que la ley Saenz Peña dejaba afuera a la mitad de la población.


Ilustración por María Emilia Giordano -

Y no hasta hace mucho tiempo, la mujer seguía ocupando una posición pasiva en el escenario político, y ni hablar de las travestis, trans y disidencias.

Pero, por suerte, apareció una nueva ola de feminismo al rescate que comenzó a terminar de a poquito con ese núcleo cerrado que no permite hacer escuchar nuestras voces. El feminismo nos obliga a replantearnos todo y nos hace ser parte de una generación que viene dispuesta a modificar todo lo que ya es intolerable.

Desde las bases, en los partidos políticos se está rompiendo, gradualmente, el pacto entre machos. Esto se evidencia en las repercusiones que están teniendo las denuncias de militantes hacia sus compañeros, que hasta no hace poco eran ignoradas o bastardeadas.


Aparecen nuevos rostros que vienen a ocupar puestos jerárquicos, no solo gracias a leyes que obligan a incluir mujeres en las listas con el objetivo de alcanzar la paridad de género, sino gracias al feminismo que vino para quedarse y para demostrar que ya no tolera más que no se tomen en cuenta las cualidades y capacidades que tenemos para brindar.


Y el feminismo no vino solo a sacar a las mujeres y disidencias de la situación de desigualdad de poder en la cual se encuentran, sino que vino, cual estallido, a dar vuelta todo lo establecido culturalmente; a hacernos replantear cómo y de qué forma queremos vivir.

Así, de nuevo, aparece la política: porque, ¿de qué forma se deciden estas cosas si no es a través de ella? La política nos atraviesa en todos los ámbitos de nuestra vida, incluso en los más superfluos en los que no se vislumbra. Es menester apropiarnos de ella y tomarla, como tantas veces se ha dicho, como una herramienta de transformación, pero de transformación de verdad.


Uno de los ejemplos más claros de la irrupción del feminismo en la vida política es la candidatura de personas trans a puestos legislativos, como es el caso de Paula Arraigada (candidata a diputada nacional por el Frente de Todos), el de Tom Máscolo (Candidato a legislador por CABA por el FIT) y el de Keili González (candidata a diputada en la cámara de Entre Ríos por el MST), entre otros. Hasta no hace poco, esto era completamente impensado. Ni siquiera estaban vigentes las leyes ampliatorias de derechos como el matrimonio igualitario y la identidad de género.


Por eso, recalco por última vez la trascendencia que tienen tanto la política como el feminismo en nuestras vidas: la política es discusión, es debate, es decisión. Es la forma que tenemos de transformar nuestras realidades. Es imperante que en ella esté presente el feminismo, porque la realidad y el futuro serán feministas o no serán.