• REVISTA MANTIS

La libertad como sinónimo de peligro

Por Mariel Merensztein -


Es ya domingo y son las 00.24 h. Hace un rato terminé de ver una película que juzgué desde el comienzo hasta más o menos la mitad. La última escena escribe el nombre de la película: Yo, adolescente, mientras el orador se dirige al ilusorio adolescente que especta y pregunta: “¿De verdad, cómo estás?”


No me interesa hacer una reseña de la película ni dar mi opinión sobre la pieza cinematográfica. Por muchas razones, dudo en acordar sobre cómo se construye el relato de la vida adolescente que se busca reflejar. Tal vez por sus personajes arquetípicos, por los cuerpos que los representan, por lo explícito, romántico y sencillo de algunos de los relatos. Más allá de esto, reconozco que la película me hizo abrir un word para escribir lo que sigue, minutos después de enviar audios a mis amigas docentes tratando de preguntarme algo que aún no sé cómo nombrar.

¿Dónde aprendemos a convivir con nuestras emociones? La película muestra una adolescencia casi cliché en tanto a los afectos, la sexualidad, las angustias, la soledad, las confusiones y la identidad revolucionada que son protagonistas y se imponen sobre los cuerpos jóvenes. Como diría mi madre psicoanalista, “adolecer es complejo”. Más allá de Freud, bien sabemos la dudosa procedencia de la íntima vinculación que se establece entre adolecer y adolescencia. ¿De verdad tener quince años implica en esencia el padecimiento? Si entendemos la adolescencia en meras y reduccionistas franjas etarias, e incluso obviamos el carácter histórico-social que la trajo al mundo (pues la adolescencia como se la entiende hoy no siempre ha existido), ¿realmente todas las personas del mundo que comparten edad atraviesen las mismas experiencias? ¿De verdad es esto posible? Adolecer... otro punto para la construcción arquetípica sobre lo que es ser adolescente: hormonas y rebelión.

Ilustración por Mar-

En la película se fuma porro, se toma birra, se transa con les amigues. Se pregunta si que me guste una persona es que me guste un género, si la persona que me gusta me define, o si defino quién me gusta porque cumple con mi lista de partner ideal. Se sufre por la incertidumbre de no saber quiénes somos, que algunes podrán decir “juventud, divino tesoro”, pero me arriesgaría a decir que, hasta el final, no hay descanso. Se sufre porque el dolor puede ser profundo, y poner punto final a todo es siempre una opción.


En fin, la película habla de un llamado de atención. Porque es la vida cliché del adolescente, es la escena de las 6 a. m. en la casa de la previa que se transformó en fiesta eterna y con tus amigues robás cereales de la alacena del dueño de casa desconocide. Aunque también es la historia de un pibe que se angustia y cuya angustia lo desborda, y mientras les adultes le dicen que ordene su habitación y les docentes lo suspenden por meter la traba en el partido de fútbol, se pierden todos los llamados de atención.


¿Y qué es un llamado de atención? No creo que estar triste sea un llamado de atención, en todo caso, padecer es la inevitable certificación del ser y el existir. Y cuando de adolescentes se trata, para el mundo adulto cualquier cosa es nimia y parece estar bien; desde que tengas el corazón hecho pedazos por un amor no correspondido hasta que odies a tus viejes porque no te dejan salir. Hay que decir también que, aunque las novelas de Cris Morena bien nos lo hayan ocultado, no son solo esos los problemas que pueden tener les adolescentes. Hay tantos problemas como cantidad de personas en el mundo. Pero cuando tenés 16… Cuando tenés 16 está todo bien, porque culturalmente ser adolescente es adolecer, y si no se sufre un poquito, y si el drama no está... ¿dónde queda la juventud? Hacemos sencilla la ecuación porque hacernos cargo del vacío que hay es mucho peor. Lo que me pregunto como joven y docente es si la línea es fina, si exageramos y somos densos o si somos indiferentes y de algo nos estamos perdiendo.


Soy pedagoga, e infinidad de veces he consolado a adolescentes angustiades por rupturas amorosas, padeciendo las consecuencias anímicas de familiares que les violentan y subestiman, llorando ante la mirada que les devuelve el espejo y haciendo preguntas sobre su rol en un planeta miserable que no les hace lugar. Una vez vi a una piba con los brazos lesionados; no la volví a ver, no sabía su nombre, y a la larga, me olvidé. Tuve muchísimas charlas en las que las angustias del ser adolescente se hicieron colectivas, y seguramente al final del día la mirada adultocéntrica no tardó en aparecer. No te preocupás, y si te preocupás, te da miedo invadir y no intervenís. Es que, claro, si sos adulte, intervenir parece ser sinónimo de avasallar la privacidad y revisar el Instagram ajeno, citar a les xadres advirtiendo los peligros inminentes y posicionarse desde una mirada preventiva y cosificadora que convierte a le pibi en la muñeca de porcelana que todes deben proteger de los múltiples peligros que le acechan. La libertad se vuelve sinónimo de peligro, y ya no hay escapatoria.


Como en la película, en la secundaria yo también viví mis vínculos y sexualidad adolescente a toda intensidad (tal vez no de manera tan abierta como, sorprendentemente, lo hacía el chico de la peli en la década del 2000). A pesar de mis altos grados de amor romántico y de que Disney me haya cagado la cabeza, salí ilesa. No fue hace mucho, y me desviví a lágrimas con muchísima intensidad, y como vino se fue. Me pasó alguna que otra vez más, y también sobreviví. Entonces, una piensa que su experiencia pasada y la de todes sus pares es espejo de lo que hoy transita otre púber, y eso trae calma. Se cae en el maldito y peligroso concepto de normalidad, de lo momentáneo y pasajero. “Ya va a pasar”. Pero, al final del día, la subjetividad de cada quien hace que escenas que resultan tan universales terminen en desgracias tan particulares. Y además, ¿hace falta una desgracia para darse cuenta de que las cosas como están dadas no andan bien?


No es fácil darse cuenta de que alguien necesita ayuda. Necesitar ayuda es relativo, porque si no la pedís entonces quizás no la necesitás, pero si no necesitarla te lleva a que tu angustia sea algo tan pesado que ya no puedas cargar con vos mismo, entonces llegaste a un límite. Y como adultes, porque minimizamos, naturalizamos o porque no aprendimos a hablar de esas cosas, esquivamos. No abordamos la salud mental porque tememos patologizar, no ahondamos sobre cómo nos llevamos con nuestras emociones porque tememos exagerar y generar distancia con les chiques (además de que nosotres tampoco hemos aprendido a convivir con nuestras afecciones); no actuamos y arriesgamos. No arriesgamos que une pibi atente contra su vida, o al menos no es en mayor medida ese trágico final el riesgo que se corre. Arriesgamos la posibilidad de generar un diálogo mejor. De construir vínculos más hospitalarios y de sostén. De pensar lo que se vive con la intensidad en que se presenta: en el aquí y ahora de lo que cada quien padece. Arriesgamos la posibilidad de sentir en una red que sea más amable con lo que nos pasa que nosotres mismes.


Terminé de ver la película y redacté esta vorágine de ideas. Los procesos que transitan los personajes de la película no distan tanto de lo que transitamos mis amigas y yo siete años atrás. No tanto por lo estereotipado de algunos de los vínculos que se dan, a mi parecer, en la película, sino por la escena general. Siguen siendo secuencias muy parecidas a las que narran les adolescentes con les que trabajo, y sigue siendo parte de un discurso mediático, comercial y novelesco de lo que es ser adolescente. Todo se parece excepto por los finales; sin spoilear la peli, el punto es que a veces no te la ves venir. A veces, prestar la oreja y que les pibis te sientan al alcance no es suficiente para ser reflexives y disponibles para ser interpelades por lo que vemos y escuchamos. No es tampoco suficiente para que les adolescentes sepan que sostenerse entre pares es la base de la supervivencia en un mundo tan hostil, porque enseñamos más el valor de la competencia que el rompimiento del ideal omnipotente de ser joven y comerse el mundo como sinónimo de ser une desalmade. Cuando crecemos, reprimimos lo que sentimos hasta llegar a casa y poder llorar, pero al menos yo, tengo que decirlo, he dado clases sintiendo una profunda tristeza, y negarlo fue más hipócrita que útil para mi tarea.


Pienso entonces que es momento de trazar estrategias que también a nosotres nos incomoden: hay que dejar de ignorar lo que nos pasa, habrá que aprender a hacerse cargo. Hay que dejar de minimizar lo que les adolescentes viven, y hacernos cargo de la asimetría que, a la hora de educar, se vuelve una carga de responsabilidad. Hay que intentarlo para que no terminen siendo “inútiles” emocionales, como lo somos casi todes.


Y sí, es incómodo porque cuando una escucha a una piba decir que se quiere morir porque en el colegio le pasaron puras desgracias, una habilita la palabra, acompaña el proceso y se muestra genuinamente disponible para hablar todo lo que sea necesario, pero a la vuelta a casa, simplemente apaciguamos la preocupación con un “ya se le va a pasar” que despeje la conciencia. Y a veces, nada es suficiente. A veces no se pasa. Y el punto quizás no sea que se pase. Hoy en día, diversas luchas sociales, desde el transfeminismo hasta los movimientos antirracistas, por la diversidad de cuerpos y las niñeces libres, entre muchas otras, buscan que los tránsitos de determinadas cuestiones se den con mayor amorosidad y apertura. Sin embargo, el terreno aún no se ha terminado de allanar, y crecer en esta sociedad sigue siendo duro para quienes saben que pisar el palito y caer en la etiqueta de algún estigma social está solo a un pie de distancia. Somos también responsables de las categorías sociales y estereotipos que hemos creado sobre cómo se debe ser en cada etapa de la vida, y fundamentalmente respecto a qué es ser adolescente (sobre lo que teoría hay demasiado, y aún no sé si fue el huevo o la gallina).


Entonces... ¿mientras tanto? Mientras tanto, un poco de matemáticas y un poco de cómo nos sentimos. Mientras no se pase y se viva, habrá que remarcar la vital importancia de una pedagogía de la presencia con la seriedad, laxitud, humor, firmeza y amorosidad que la responsabilidad de acompañar y educar a las adolescencias implica. Asumir esa responsabilidad, tarde o temprano, será la habilitación a otra forma de construir una humanidad un poco más como la queremos.


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