• REVISTA MANTIS

Juntes

Por Belén Durruty -


No soy blanca, ni rica. No tengo el pelo libre de frizz, ni unas curvas 90-60-90, o qué sé yo cómo carajo tienen que ser. Tampoco soy rubia, ni hija de una familia de domingo de TV. En mi barrio, las casas no tienen amplios jardines en sus entradas, con el pasto cortado y unas florcitas haciendo degradé. Tampoco nada es amplio. Todo es angosto y embarrado y suenan las músicas (porque nunca suena solo una) y los perros ladrando y yo soy, más bien, caderona, morocha, rulosa. Desprolija, despeinada, mal hablada –dicen-. Pero, así y todo me siento hermosa, ¿te voy a mentir? Sí, así me veo, así me siento. Y la verdad, es que no pude asumirlo sola, costó, ¿viste? Capaz sepas entender de qué te hablo y capaz te imagines todo lo que sentí cada vez que metí un gol en la canchita del Sacachis y entre los gritos lograba escuchar: “aguante La Raulito”. Qué hijes de una gran yuta.


Ilustración por Ani Raneri -

Ahora, ya no me veo al espejo, pero me recuerdo. Me veo entre mis compas, en el pasillo, en los humos de los cigarrillos que escasean. Me veo en el patio cuadrado que es toda la libertad que voy a encontrar hasta qué se yo cuando –ojalá pronto-. Pero, dentro de todo, me siento acompañada, aunque la bronca de que no nos den la visita privada, cómo te la explico. Basta, che, basta. No quiero que nada juegue en mi contra. Sé que allá afuera, en un eco, se escucha mi nombre y eso ya me saca unas cuantas sonrisas.


***


Todo empezó cuando nos conocimos, o antes seguramente, pero habernos conocido con mi compa marcó un antes y un después. Ya no fue lo mismo andar por el barrio, aunque nunca –o por lo menos no que yo recuerde- me había sentido tranquila caminando por esas calles. Comentarios por lo bajo y por lo alto llamándome “La Raulito”, ese apodo con el que nos bautizan a todes les jugadores sin consulta previa ni aprobación. Voces, también, diciéndome cosas, miradas penetrantes, guiños, cuchicheos obscenos. Vos sabés de qué te hablo.


Mi vestimenta desaliñada –así creo que se ve-, andar con los botines camino a casa después de un picadito y con los rulos más revoltosos que nunca ya eran motivo para que los otros –con una O bien marcada- se sintieran con el derecho de decirme todo tipo de cosas con ese tono guarro, depravado que solo ellos saben tener porque lo vienen cultivando como un gran cúmulo de porquerías putrefactas hace siglos. Mami, ¿tenés hora? Es que se me paró entre las dos. Morocha de pelo corto, agachate que te rompo el orto. Qué asco hijos de yuta. ¿Quién puede andar así en la calle?

Igualmente y a pesar de tener que soportar a los machitos día a día, mantuve mi postura, mi ropa, mi andar, mi forma de ser. Pero cuando conocí a mi compa y nos vieron por esas calles, la cosa se puso más densa.


***


Volvíamos de la canchita. Hacía el calor tremendo de una de esas noches de enero que no aflojan ni un poco. Habíamos hecho tercer tiempo y todo. Entre el calor y las birras estábamos flojísimas, alegres, un toque ebrias. Felices, básicamente, con la adrenalina post partidito. Ya era de noche, pero no había de qué preocuparse, era común que volviéramos a la casa (mi casa) siendo ya de noche. Conocíamos el barrio, sabíamos transitarlo, estaba todo bien. O eso creíamos. Ya alguna vez nos habían dicho algo, alguno de esos comentarios bien pajeros que tienen que decir los machitos, porque pareciera que están obligados, que no se aguantan, que tienen que hacerlos. Pero esta vez el piropito pedorro vino acompañado de una piedra y después otra y nosotras empezamos a trotar primero, y a correr porque había que llegar a la casa porque las piedras no paraban y los piropos (como le dicen elles) ya no eran piropos, sino amenazas en las que nos llamaban “tortitas de porquería”. Y llegamos a la casa, estábamos a un par de cuadras no más, pero parecieron como treinta, a puro trote. Y cuando llegamos como que en el momento no caímos bien, ¿viste? Digamos, sabíamos que teníamos que rajar de ahí cuanto antes, pero nunca, jamás nos habían violentado de esa forma, entonces quedamos como descolocadas, sin entender o sin querer entender.


***


Por unos cuantos días no volvimos a andar juntes por el barrio. Tampoco tocamos el tema. Hicimos borrón y cuenta nueva con nuestras memorias. Como si nada hubiera pasado. Qué sé yo si estuvo bien, creo que necesitamos tomarnos ese tiempito, despegarnos un poco de la secuencia para charlarla ya en frío o tibio, por lo menos.

Roma creía que no teníamos que dejar de hacer las cosas que queríamos, pero era sincera y me decía que, igual, sentía miedo yendo juntes a mi casa. Yo la entendía, me pasaba algo similar. Pero también ya estaba acostumbrada a todos ellos, a sus miradas obscenas y, aunque nunca me habían tirado piedras ni amenazado a los gritos en un espacio público, con la gravedad que todo esto implicaba, en ese momento solo creía que la secuencia de las piedras no era más que un hecho desafortunado dentro de toda una serie de hechos desafortunados con respecto a mí en el barrio. Le pedí a Roma que nos calmáramos, que no agigantáramos los hechos, le dije que estaba todo bien, que íbamos a estar bien. Roma, en ese momento, me dijo –como siempre me decía- que yo era valiente y que admiraba esa cualidad mía, que a ella le costaba mucho más volver a afrontar la realidad después de una secuencia tan violenta. Y cuando la escuchaba diciendo esas palabras, yo me sentía más fuerte, tan valiente como para seguir sobreviviendo en el barrio.


De todas formas, pasaron unas semanas más hasta que volvimos al barrio juntes. Por mi parte, tuve que seguir transitando esas calles con todas las voces opinando sobre mi cuerpo. Qué se yo… Mientras no me tiraran piedras, no me preocupaba.


***


Volver juntes al barrio. Volver pateando las piedritas, arrastrando los botines. Con el shortcito del Sacachis, con el envase en la mano. Volver de su mano y con el corazón requete loco. Volver caminando en verano con el sol poniéndose a cada paso. Esperar una brisita, cagarse de calor, que las gotas de sudor caigan por la frente y por la espalda. Olvidarse de les que están al costado. Mirar para adelante. Seguir caminando. Pasar por la plaza, no ver a nadie a simple vista. Soltarnos. Volvernos a agarrar de las manos. Secarnos la frente con un pañuelo ya mojado. Andar en silencio, cansades. Mirar a los costados. Ver las miradas de les otres, escucharlas, odiarlas. Seguir caminando sin música de fondo. Volver a casa.


***


Cuando finalmente volvimos juntes a casa, caminando por el barrio, no fue una decisión que hayamos tomado. Simplemente sucedió. Porque sí, porque así nos salió, ni lo pensamos. Borramos por completo la secuencia de las piedras. Ya habían pasado algunas semanas y, a mí particularmente, los vecinitos de al lado me decían comentarios cobardes por lo bajo, pero nada había cruzado esa línea. Ese día, agarramos nuestras cosas después del picadito y encaramos para mi casa. Así, con esa naturalidad. Íbamos con el sol poniéndose de frente, charlando, cagándonos de risa porque la Sil por querer hacerse la piola con la gambeta y meter un caño por ahí y otro por allá se había resbalado y se cayó de culo, dejándonos a todas retorciéndonos a carcajadas. Siempre igual la Silvia, con la pelota, queriendo dar cátedra y le salía, la admirábamos, pero esa caída, cómo te la cuento, fue mortal. Nosotras volvíamos y nos acordábamos de esa secuencia y de otras y del tercer tiempo, las birras, los sanguchitos, qué lindos los domingos y plum… Piedra en la nunca. Me agarró una bronca instantánea, miré rápido atrás y ahí estaban los vecinos, los que decían cosas. Roma me agarró de la mano y me gritó que no les diera cabida que rajáramos de ahí. Corrimos las pocas cuadras a casa con las piedras pisándonos los talones y la bronca del domingo arruinado. Llegamos y yo ya quería salir a encarar a esos cagones, pero Roma insistió con que no valía la pena, que era peor, que cómo iba a andar después por el barrio si las cosas quedaban peor de lo que ya estaban y yo pensaba y trataba de decirle que igual así ya no podía estar, que ya estaba todo como el orto y que los iba a embocar. Pero me tranquilicé y pasó.


***


—Tortita de porquería.Escuché que me decía una voz que no conocía, el último martes que fui a jugar un partidito con las pibas. Tortita de porquería, me dijeron en la nuca, sentí el aliento caliente y el tono perverso de esa voz me heló la sangre. La concha de tu madre, rajá de acá, grité de puro miedo, por ya no poder estar tranquila en mi barrio y empecé a caminar más rápido. No quería mirar atrás. Tenía que concentrarme en llegar a mi casa cuanto antes. Esta vez estaba sola y pensaba en la valentía que me había remarcado Roma y pensaba en cómo estaba mandando a la mierda todo lo que alguna vez creí ser, por miedo. Sí, miedo del de verdad. Ese miedo que te atraviesa de pies a cabeza, que te deja con un zumbido en los oídos, con el cuerpo en piloto automático y temblando, sobre todo, temblando. El cuerpo de aquella voz me agarró el culo como si fuese un pedazo de carne inerte. Lo agarró y lo manoseó. ¿Te gusta, linda, no? Ay sí cómo no te va a gustar, putita. Me decía mientras seguía agarrándome, agarrando mi cuerpo que, para ese entonces, ya estaba paralizado. Entre llantos desesperados le pedí que parara, pero era inútil, ya sus manos abarcaban todo mi cuerpo y me arrastraba hasta su casa o una casa no sé. Muy cerca de la mía, de eso estoy segura.


Cuando llegamos a ese lugar, ya no estábamos soles. Había dos más. Los vi a los tres y los reconocí de inmediato. Eran los mismos que nos habían tirado piedras, que nos gritaban cosas. Ahora estaba ahí, con ellos, en esa casa, cerca de la mía. Eso lo sabía y me mataba la ansiedad de saber cómo rajar de ahí y llegar rápido a mi casa y llamarla a Roma y llorar. Llorar por toda la mierda que estábamos viviendo, la angustia insufrible de sentirse insegura. Los tipos ya me tenían acorralada en ese ambiente. Bah la verdad es que no sé cómo era toda la casa, pero nosotres estábamos en esa habitación que tenía cama, cocina, mesa, sillas. Todo básicamente. Mientras me desnudaban sobre una mesada llena de porquerías, platos, cubiertos, ropa y seguían diciéndome cosas, yo trataba de alejarlos, pero no podía. Las cosas de la mesa se caían, se rompían y ellos seguían avanzando sobre mi cuerpo y yo los empujaba, me movía, trataba de salirme de entre sus brazos y escaparme, pero un golpe en uno de mis ojos me dejó tumbada en el piso no sé cuánto tiempo.


La verdad es que el tiempo esa noche fue una variable que no logré percibir. No sé si las cosas pasaron rápido o lento o cómo. Simplemente pasaron. La medida de mi tiempo se basaba en lo que a mí me estaba pasando, en el miedo que tenía, en la desesperación y la angustia. Solo sé que en un momento pude juntar algunas fuerzas, mientras estaba tirada en el piso, con los hombres encima de mi cuerpo desnudo, petrificado, mientras afirmaban el placer que según ellos yo estaba sintiendo y ahí vi un cuchillo entre todas las cosas que se habían caído al suelo y vi en él mi única defensa y me vi agarrándolo y clavándoselo en el estómago a uno de ellos con esa fuerza que había sacado de mi desesperación. Me vi haciendo todo eso y la sangre. La sangre también sobre mi cuerpo. Y los gritos y los insultos y los golpes de los otros dos que me dejaron inconsciente.


***


Ahora, estoy acá. Vivo el día a día. Pienso en Roma. Pienso en aquella noche. Mis compas de pabellón me abrazan. Me cuentan, mis visitas, que allá afuera gritan mi nombre y me siento abrazada.

@2019 REVISTA MANTIS

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