• REVISTA MANTIS

Juegos

Por Belén Durruty -


La pelota estaba en el medio de la calle empedrada, de la cortada. Román tomó distancia. Se preparó para patear. Apuntó. Yo la esperaba, atento, desde el otro lado, completamente transpirado por el sol de las dos de la tarde. Román corrió y con un salto pateó la pelota con fuerza. Yo pude agarrarla, pero el impulso me tiró al piso. Román, ya con doce años, había aprendido a patear con tanta fuerza que daba miedo.

Nos conocimos en el kiosco de Julio. Mi viejo necesitaba dejarme con alguien y confió en nuestro kiosquero de toda la vida. Román siempre estaba ahí. Se escapaba de su casa porque estaba llena de gente y se iba a lo de Julio que, a cambio de un poco de ayuda atendiendo a los clientes, lo dejaba ver la tele. Esa vez empezamos a hablar, a ser amigos, a juntarnos todos los días después del almuerzo a jugar al metegol en el kiosco o al fútbol en la calle.


Fotografía por Mora Garzón -

- ¡Che, que no vale el molinete!- Me decía. Yo jugaba como podía, lo único que quería era ganar, con molinete, inclinando la mesa, como fuera. Román se enojaba y así me enseñó a ganar, pero bien, sin trampa.


- Che, Ezequiel –Empezó a decir un día que hacía un calor tremendo. Estábamos los dos tirados en el banco de la entrada del kiosco, abajo del toldo, rescatando la única sombra de la cuadra. - ¿Y si jugamos... De verdad?


-¿Cómo “de verdad”, si ya no hago trampa...?


-No, ya sé. Por una gaseosa. El que gana, paga la gaseosa.


Metí las manos en mis bolsillos. Tenía quince pesos. Cinco me los había encontrado en la calle y los otros diez me los había dado mi viejo, para que me compre algo de comer al mediodía, cualquier cosita, un pancho, una empanada.


-Pero tengo solo quince pesos –Le dije.


-¿Y qué? ¿Tenés miedo de perderlos?


Sí, me daba miedo, pero no se lo podía decir, iba a quedar como un boludo. Entonces, sin decir nada, me levanté del banco y me acerqué al metegol. Román sonrió, se levantó y se acercó a la mesa.


-Acordate de que no podés hacer molinete, ni ninguna de tus trampas –Me dijo.

-¿Gol de arquero vale dos, no? –Pregunté para asegurarme.


-Sí, como toda la vida, amigo.


Y empezamos. La pelota recién había tocado la mesa y a mí me invadía un cosquilleo en el estómago, unas ganas de ganar, de no perder lo mío, mis quince pesos, los únicos que tenía. Los nervios y la ansiedad eran tan fuertes que empecé a transpirar. Gotas de sudor me caían desde el pelo hasta la pera. Román jugaba con una tranquilidad, como en cualquier otro partido, como si los muñecos fueran una extensión más de sus brazos. Yo me estaba volviendo loco.


-Te noto nervioso, Ezequiel. Daaale, ni que tu familia fuera el premio.

Tenía razón, pero igual no podía relajarme.


El partido empezó parejo: Román metía un gol, después yo otro y así, hasta que se acomodó. Se paró bien sobre las plantas de sus pies, agachó la cabeza y arrancó. Él era todos los jugadores de esa cancha en miniatura al mismo tiempo. Armaba jugadas tan buenas que parecía mentira estar viéndolas ahí, justo enfrente de mis ojos y en contra de mí. Y sí, me pegó un baile... Tuve que pagar la gaseosa. La compré en el kiosco, se la di a Román y me fui. No podía quedarme ahí, con tanto enojo, derrotado. Mientras caminaba a mi casa, me gritó algo que no entendí.

Cuando lo volví a ver, le pedí la revancha.


-¿Viste? Cuando hay algo más a parte del juego, es más divertido –Dijo con una sonrisa pícara, de costado.


Jugamos. Volví a perder. Pagué, pero esta vez me quedé tomando la gaseosa.

Jugar por un premio se convirtió en costumbre. No perdí todas las veces, algunas gané y estuvo bueno, muy bueno. Julio, cada vez que terminábamos de jugar y comprábamos la gaseosa nos decía:


- Cómo les gusta apostar a estos pibes...


Apostar. Sí, había escuchado esa palabra. Ahora la entendía.

Román era un pibe que tenía una actitud de ya haber vivido todo. Apostaba con la tranquilidad con la que uno hace algo todos los días, como levantarse, comer, hablar. Y siempre buscaba nuevos desafíos. Al cabo de unos meses, cuando salía de mi casa después del almuerzo, a ver a mi amigo y pensaba en nuevas reglas para el metegol para que sea más difícil ganar, como que antes del gol había que armar una jugada de, por lo menos, tres pases. O sea, no valía gol de arquero. Entonces, en ese momento, vi en el banco del kiosco a Román que me miraba.


Fotografía por Mora Garzón -

- No me digás que querés jugar al metegol, Ezequiel –Se adelantó a mi propuesta. –No, dale, ya re fue el metegol. Vení, acompañame a la vía que te quiero enseñar algo.


Román siempre estaba adelantado. Lo seguí, aunque no me gustaba ir a la vía. Él caminaba con la espalda recta, con el pecho como mirando hacia arriba. Era dueño de la calle. Llegamos e inmediatamente se sentó en el escalón del umbral de una casa abandonada. Palmeó el suelo al lado suyo, indicándome que me acerque y me siente.


Así hice. Metió la mano en el bolsillo de su bermuda de jean y saco un paquete de diez cigarrillos Next. Ya estaba abierto, le faltaban uno o dos. Agarró un cigarrillo con las puntas de sus dedos índice y pulgar y se lo llevó a la boca con una pequeña pirueta. Me sorprendió no solo que tuviera un paquete de cigarrillos empezado, sino también lo natural del movimiento con el que se lo llevó a la boca, como si lo hubiera estado practicando, o como si realmente viniera fumando hace ya algunos años.


-¿Hace mucho que fumás, Román? –Necesité preguntarle.


-No, este es el primer paquete que tengo. Se lo robé el otro día al viejo.


-¿Qué viejo? ¿Tu papá?


-No, boludo, a Julio.


-¡¿A Julio?! ¡¿Cómo se lo vas a robar a Julio?!


-¿Te pensás que me lo iba a vender?


Tenía razón. Julio nunca le vendería cigarrillos, lo cuidaba mucho, como a un hijo. Pensé en decirle que había otros kioscos donde comprar, sin la necesidad de robarle a alguien que era casi como familia, pero no valía la pena. El paquete ya había sido robado.


-Tomá uno, Ezequiel –Me ofreció.


-No sé, Román...


-Dale –Me dijo. Sacó otro cigarrillo y me lo dio. –Tenés que ponértelo en la boca, prenderlo y tragar el humo.- Él hizo eso mismo con el suyo. Tratando de disimular mis manos temblorosas, me puse el cigarrillo en la boca. Lo miré y lo prendí. Entró el humo y cuando llegó a la garganta empecé a toser, tanto que Román soltó una carcajada y después otra.


-¿Qué pasó, Ezequiel? ¿Te picó la garganta? –Dijo muriéndose de risa.


Volví a poner el pucho en mis labios, aspiré e hice un esfuerzo por tragar el humo. Lo logré. Sentí un mareo y sabor amargo en toda la boca.


-¿Está piola, viste? –Román ya había fumado la mitad de su cigarrillo. Atrás de nosotros, estaba la puerta de la casa abandonada. Una puerta grande, antigua, de madera y con algunos vidrios. Nos vi en ellos: el reflejo de dos pibes de doce años fumando cigarrillos robados.

Fotografía por Mora Garzón -

Desde ese día, fumar se convirtió en algo de todos los días o, por lo menos, de todos los días que nos veíamos. La apuesta del metegol ya no era por quién pagaba la gaseosa, sino por quién le robaba a Julio el paquete de puchos. Nos encontrábamos más en la vía, en la entrada de esa casa abandonada, que en el kiosco. Y fumábamos. Así fue como, cuando cumplí trece, Román me regaló un atado de Next.


Estábamos en la vía, callados, mirando cómo pasaban los trenes.


-Feliz cumpleaños, Ezequiel –Dijo Román con una voz suave y tierna que me resultó desconocida.


-Gracias, amigo.


-Pero mirá, boludo, esto es para vos –Su timbre había vuelto a la normalidad. Lo miré y vi que tenía en la mano un atado de veinte cigarrillos. –Tomá, gil, es para vos. –Repitió. Agarré el paquete y le agradecí. Nunca había recibido un regalo de cumpleaños. Abrí el paquete y saqué dos puchos: uno para él y el otro para mí. Los prendimos casi que al mismo tiempo. Ya, a esa altura, me había acostumbrado a ese sabor amargo del cigarro, le había encontrado ese gustito. Nos fumamos los puchos en silencio, mirando pasar el tren, las cabezas de las personas en las ventanas.


-Che, Ezequiel, ¿escuchaste hablar de Papanoel? – Me preguntó, rompiendo ese silencio.


-¿De qué hablás? ¿Es joda?- Su pregunta me había resultado rara, jamás hubiese imaginado que Román todavía, a los trece años creía en Papá Noel. -¿Nunca te contaron que no existe, que los papás se disfrazan y les dan los regalos a sus hijos? – Le dije con un tono burlón.


-Yo no tengo papá. Y te hablo del juego, gil. –Me descolocó. Siempre había un revés en sus comentarios, en sus ideas. -¿Querés jugar?


-Pero, ¿cómo es?


-¿Qué? ¿Te da miedo? Dale, vamos...

Fotografía por Mora Garzón -

Tenía una facilidad para hacerme sentir siempre un nene, siempre un paso atrás. Así y todo lo quería, era mi único amigo. Nos levantamos del escalón y empezamos a caminar por el barrio. Seguí a Román en cada uno de sus pasos hasta llegar a una plazoleta donde estaban apiladas bolsas de basura. Los vecinos solían juntarlas ahí para quemarlas, el camión de la basura nunca llegaba hasta allá. Román agarró una y siguió caminando. Lo seguí. Caminamos unas cuantas cuadras hasta llegar a una calle donde había unas casas gigantes. Pensé en si aquellas era las que llamaban mansiones. Nos paramos frente a una que tenía un jardín en la entrada, con el pasto perfectamente cortado, algunas flores amarillas, rojas y rosas decoraban todo el espacio. Era hermosa, sin dudas. Román sacó de su bolsillo una cajita de fósforos. Prendió uno y lo metió dentro de la bolsa de basura. Esperó a que se encendiera un poco y la tiró con todas sus fuerzas. Cayó justo un poquito delante de la puerta de entrada. Nos quedamos mirando cómo la bolsa ardía en llamas hasta que Román tocó el timbre de la casa.


-Vamos, loquito. Rajemo’ de aca. –Dijo mi amigo y salió corriendo. Lo seguí, corrí como nunca. Román corría y se moría de risa. Yo no entendía muy bien la situación. Estaba nervioso corriendo por esa calle ajena.

-¡Pendejos de mierda! ¡¿Por qué no van a estudiar, eh?! –Gritó una voz vieja, agotada, exasperada.


Corrimos hasta volver a las calles familiares y a nuestro lugar, el escalón frente a las vías. Román seguía riéndose, estaba estallado.


-¿Y, Ezequiel? ¿No vas a decir nada? –Me preguntó. Yo estaba confundido, asustado. No entendía muy bien qué era lo que habíamos hecho. Me quedé pensando en la pregunta furiosa de la vieja.


-¿Vos no vas al colegio, Román? –Me atreví a preguntarle. Dejó de reírse inmediatamente y me miró serio.


-Sí, cada tanto voy. –No le creí. Me levanté del escalón, lo saludé y me fui a mi casa.

Mi viejo no estaba. Nunca estaba, laburaba todo el día, se conseguía changas en distintos lugares, varios bastante alejados, así que se levantaba bien temprano y volvía tarde. Yo me la pasaba solo todo el día. Busqué mi carpeta del colegio, me senté en mi cama y empecé a mirarla. No había mucha luz. Se escuchaba el grito de las madres llamando a sus hijos, una cumbia retumbando a un par de casas, algunos perros ladrando. Me tiré en la cama con la carpeta. A unos pibitos se les había ocurrido jugar a la pelota en la puerta de mi casa e inevitablemente golpeaban la pared que daba justo a donde estaba acostado yo. Pasé las pocas hojas que tenía en la carpeta hasta que me quedé dormido.


Pasé una semana sin ir a la vía. Cuando volví, Román estaba sentado ahí, fumando.


-¿Qué hacé, Eze? –Nunca me había llamado así.


-¿Vamos a la plazoleta? –Le dije con convicción.


-Aaah, ¿viste? ‘Ta piola el Papanoel. Vamo’ amigo.

Fuimos hasta la plazoleta y me adentré en las bolsas de basura, agarré la que vi más grande de todas. Román se rió, me miraba con una sonrisa estampada en su cara. Él también agarró una. Volvimos a la calle de las mansiones y busqué otra vez la casa de la semana anterior. Estaba ahí, con su pasto perfectamente cortado y las flores de una eterna primavera. Saqué de mi bolsillo unos fósforos que había comprado especialmente para la ocasión. Le pedí a Román que apoyara su bolsa junto a la mía. Tiré varios fósforos encendidos en cada una. Las agarré y las tiré con todas mis fuerzas a la puerta de la casa. Las tiré tan fuerte que golpearon la puerta y cuando cayeron al piso ardieron inmediatamente en llamas. Nosotros nos quedamos viendo todo como si hubiese ocurrido en cámara lenta. Salimos corriendo como nunca.

-¡Pendejos hijos de puta! –Se oyó como un eco y empecé a reírme como nunca mientras corría. No dejamos de correr hasta llegar al escalón que siempre nos estaba esperando. Nos sentamos a carcajadas, nos mirábamos y no podíamos parar de reír, me dolía la panza. Saqué del bolsillo un atado de puchos que había comprado antes de encontrarme con Román, le convidé uno y nos quedamos ahí sentados, fumando, mirando pasar el tren.


-¿Viniste preparado, eh? –Dijo mi amigo y me abrazó de costado. Hacía mucho que nadie me abrazaba.


Jugar al Papanoel duró varias semanas más. Una de esas tardes, llegué a la vía y lo encontré a Román en nuestro escalón hablando con otros dos pibes. Se pasaban un cigarrillo de mano en mano y reían. Tenían una expresión distinta, a Román lo veía feliz. Cuando notó mi presencia a unos pasos de ellos me presentó.


-¡Eh! ¡Eze! Vení, amigo. Acá vinieron a la ranchada el Rami y el Maxi, dos pibe’ piola’ –Me acerqué y los saludé con un puño amistoso. Nunca los había visto. No sé de dónde habían salido, pero creía en las palabras de Román. Quien creo que era Maxi estaba apoyado contra la pared, justo al lado de la puerta antigua del umbral. Miraba más allá de las vías, con sus ojos detenidos en un lugar impreciso. Rami estaba sentado al lado de Román, de brazos cruzados, con la mirada perdida en algún adoquín de la calle empedrada. Román me giró el pucho, que no era un cigarrillo como los que conocía.


-¿Qué es esto? –Le pregunté, con la voz tímida, quebrada de vergüenza.


-Una tuca amigo, probá que está re bueno el flash.


Agarré ese resto de pucho que no era pucho y me lo llevé a la boca. Le dí una buena pitada y después otra y se lo devolví a Román. Me senté en la vereda con la espalda contra la pared, mirando a las vías. Román miraba para el mismo lado con la pera apoyada en una mano, Rami seguía con sus ojos fijos sobre el adoquín, Maxi se había quedado mirando más allá de las vías. Pasó un tren y pude ver cómo cada par de ojos en las ventanas nos miraban fijo, a cada uno de nosotros que estábamos alrededor de ese umbral, pensativos, relajados. En un momento, Rami y Maxi se levantaron, nos saludaron despacio y se fueron. Yo me senté en el escalón, al lado de Román.


- ¿Jugamo’ un Papanoel?- Rompí el silencio.


-Nah…-Se le escapó una carcajada.-‘Toy re tirado, Eze. Otro día…


Volví a mirar las vías, me prendí un cigarrillo y pasó un tren. Los ojos seguían ahí atentos a nosotros.


Maxi y Rami empezaron a aparecer seguido por las vías. Venían y nos compartían sus tucas. Eran dos pibes que no decían mucho, venían, nos saludábamos, se sentaban un rato ahí en la calle, en el umbral, con nosotros. Hablaban sobre alguna changa de la que venían y fumábamos. A nosotros nos interesaba esa parte. Román se intensificaba. Era como dos veces él mismo. Yo me estallaba en risas por momentos, de la nada, o sí, recordando a las víctimas del Papanoel que hacía tiempo que no jugábamos.


La vuelta en que Román se apareció con una bolsa llena de porros yo estaba cumpliendo catorce años. Una piedra golpeó la ventana delantera de mi casa. Mi cama estaba justo ahí debajo. Yo estaba tirado, fumándome un pucho, solo. Me asusté un poco, confieso. Pero me levanté, miré y ahí estaba Román, del otro lado, con una sonrisa que nunca le había visto. Creí en la posibilidad de que trajera un nuevo juego, como los de antes. Golpeó fuerte la ventana con su mano y me gritó daaale pendejo. Yo salí, todavía estaba entre tirado e ilusionado. Vení Eze, daaaale, seguía con esa sonrisa que algo escondía, algo realmente bueno y salió corriendo a nuestro lugar. Lo seguí.


-Mirá, boludo, mirá lo que conseguí, no lo vas a poder creer –Hasta su voz estaba cargada de alegría. –Feliz cumple, wacho –Y ahí sacó la bolsa llena de porros. Creo que se me cayó alguna lágrima con las carcajadas en las que reventé. Entendí todo.


-¿De dónde sacaste esto? –Le pregunté con un poco de vergüenza.


-Tranquilo, amigo, invita la casa.


Y fumamos. Fue el mejor cumpleaños de mi vida. Al rato cayeron en el rancho Rami y Maxi. Me dijeron feliz cumpleaños, supuse que Román les había adelantado algo, le dejaron a mi amigo una bolsa marrón, fumaron unas secas y se fueron. Román abrió el paquete. Había un arma ahí adentro.


-¡Tirá eso a la mierda, Román! –Le dije con un grito que no me esperaba.


Román metió la bolsa con los porros en el paquete, lo cerró y lo escondió debajo de una baldosa floja, que tapaba un agujero y estaba rodeada por unos yuyos que habían logrado vivir a través del cemento.


-Este es nuestro secreto. –Susurró.


Unas semanas después ya no quedaban tantos porros en la bolsa y el arma seguía en su escondite. Román la miraba, intentaba entenderla, la agarraba, apuntaba hacia algún lado, se la guardaba en la cintura. Un día mató. Mató a un pájaro que estaba merodeando nuestro rancho. Lo miró con fijeza, apuntó con el revólver de película y disparó con seguridad. Mi cuerpo reaccionó con susto. El pájaro explotó. Nunca vi algo tan asqueroso. Román se quedó parado con el arma en la mano mirando al cadáver y las plumas que estaban suspendidas en el aire. Me levanté y me fui con las piernas temblorosas, a mi casa.


A partir de esa vuelta, Román me insistía con que use el arma, que estaba todo bien. Daaale, Eze, me decía y yo sostenía mi postura negando con la cabeza, diciéndole que no, que no me gustaba ese juego, que prefería quedarme fumando, tranquilo. Él me respetaba dejándome sentado en el escalón del umbral, frenando la insistencia. Yo prefería mirarlo e investigar el arma.


Uno de esos días, estábamos sentados en el umbral con Román, re locos, mirando los trenes, riéndonos de todo y nada. Discutíamos sobre la posibilidad de pasar por lo de Julio a jugar unos partiditos de metegol, como hacía tiempo que no pasaba, pero nuestras piernas pesaban mucho más que las ganas. Nos mirábamos y nos daba gracia que ni juntos pudiéramos arrancar con alguna iniciativa. Nos consolábamos diciendo que el calor estaba asfixiante, que con ese clima no se podía hacer nada más que estar tirado. Y así era, los trenes seguían pasando como siempre, con las cabecitas de los pasajeros posadas en las ventanas, pensando, quizás, lo mismo que nosotros. Se hizo de noche y en el fondo de la calle aparecieron dos sombras agitadas, corriendo. Llegaron hasta nosotros y lo agarraron a Román, lo tiraron al piso y le rompieron la nariz de una trompada que salpicó unos cuantos adoquines con sangre. Me quedé inmóvil. No entendía lo que pasaba. Me sentía un inútil ahí sentando, todavía creyéndome el calor asfixiante, tratando de ver quiénes eran esas sombras.


-¡Dejame! ¡Soltame! –Gritaba con desesperación Román. Y se fueron. Corrí hacia el cuerpo de mi amigo que estaba muy lastimado. Tenía la cara empapada en sangre y varios moretones en la espalda, producto de las patadas que también había recibido. Sentía una culpa que me atravesaba todo el cuerpo. Qué inútil, ¿cómo no pude hacer nada? Lo ayudé a levantarse del piso y lo acompañé hasta lo de Julio.


-¿Otra vez, Román? ¿Dónde te estás metiendo, nene? Dejamelo, Ezequiel, yo me encargo –Había algo que desconocía. Julio ya lo había visto así. No era la primera vez que Román terminaba en una situación como esta. ¿Pero qué situación había sido si tan solo estábamos sentados en el umbral como siempre, como cualquier tarde, re cagados de calor? Me fui caminando despacio, confundido, hasta mi casa y me desplomé en la cama.


Al día siguiente volví a la vía, esperando encontrar a mi amigo. Sabía que no iba a estar, había quedado muy lastimado, pero igualmente tuve la esperanza de poder hablar con él. Pasé toda la tarde ahí, con un atado de puchos, mirando los trenes. Pasaron dos semanas así, hasta que volví a ver a Román dar la vuelta por la esquina y sentarse otra vez en el umbral como si nada hubiera pasado.


-Che, Román, perdóname. –Le dije aterrado, sin mirarlo a la cara.


-Tranquilo ameo, ‘ta todo piola. Imaginate que si a mí me dejaron roto, si vos te metías te descuartizaban. –Y lanzó una carcajada. Quizás era cierto, menos mal que no me había metido, mi vida podría haber terminado en grave peligro. –Posta, loco, todo bien, no flashés, entre nosotro’ no hay rencores. –Y así fumamos toda la tarde, como siempre, pensando en excusas para no hacer nada más que eso: estar ahí sentados, cagados de calor, uno al lado del otro.


Dos días habían pasado del reencuentro, cuando se declaró que estaba siendo la noche más calurosa del año. Nos fumamos el último porro de la bolsa, con unas ganas, como creyendo que por ese humo entraba una correntada helada en nuestras gargantas. Nos estábamos muriendo de sed, y ni siquiera la noche estaba pudiendo aliviarnos. Hasta los trenes parecían moverse más lento y no había ni una gota de aire que soplara. Esa sí que era una noche asfixiante. Cerré por un momento los ojos esperando encontrar alguna solución a ese día nauseabundo. Sentí una patada en la canilla y abrí los ojos. Otra vez estaban las sombras con Román entre los puños. Ahora podía verlos mejor, eran Rami y Maxi cagando a trompadas a mi amigo, y yo no sabía por qué, pero no era momento tampoco de averiguarlo. Me quedé inmóvil nuevamente hasta que no me aguanté más. Me paré, les grité inútilmente que lo dejen, pero seguían ahí reventándolo a patadas. Busqué improvisadamente el arma en su escondite y les grité que lo dejaran. Me ignoraron por completo. Les apunté con el revólver que por primera vez tenía en mis manos.


-¡Dejen a mi amigo o los mato! –Les grité con una voz que sentí completamente desconocida.


-Que nos vas a matar vos, cagón –Me respondió uno, Rami o Maxi, ya no sabía quién era quién.


Los miraba mientras les seguían pegando a Román, los miraba con el arma apuntando hacia ellos, con el arma que sostenía en mis manos cagadas de miedo, temblorosas como siempre. Sentí algunas lágrimas en mis ojos y muchísimo sudor en la espalda. Les grite que lo dejaran, una vez, y otra vez y las manos seguían temblando de miedo, pero no podía dejar que lastimaran tanto a Román, a mi amigo, a mi único amigo. Y disparé. Disparé con la seguridad con la que Román había matado aquel pájaro la primera vez.


-¿Qué hacés, pelotudo? –Me dijo Rami o Maxi, el que no estaba herido.

-Les dije que lo dejaran o los iba a matar. –Le respondí con una voz de otro chico, y disparé de nuevo, disparé hasta que los dos, Rami y Maxi, quedaron tumbados en el piso, rodeados de un charco de sangre caliente y pegajosa. Los cuerpos yacían como perfectamente acomodados, uno al lado del otro. Mi amigo que estaba gravemente herido, me miró a los ojos con su mirada tapada por la hinchazón de los párpados, y desde el piso, como pudo, me preguntó:


- ¿Qué hiciste, Eze?

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