• REVISTA MANTIS

Encontrada


Ilustración por María Emilia Giordano -

Toda la vida me costó mirarme. Sobre todo, siempre me generó mucha inseguridad verme la piel: pálida, con estrías, y llena de manchas rojas que me salen por todos lados. Mi piel se parece más a un mapa que a una hoja en blanco: hay islas por acá, continentes por allá, archipiélagos que se juntan y se separan en las distintas partes de mi cuerpo.


Antes lloraba. Me paraba enfrente del espejo y lloraba. Antes me ponía nerviosa cuando me preguntaban: que tengo una enfermedad, que no, no contagia. No pasa nada. No, no me lastimé, tranquile. No te asustes. No me tengas miedo.


Con el tiempo empecé a ver cosas. En el subte, en la calle, entre mis amigas. Empecé a ver pibas que salían de su casa con una pollera hermosa y sin depilarse. Empecé a ver pibas que subían fotos de sus estrías, de su celulitis. Pibas que tenían vitiligo y no se tapaban. Empecé a ver cuerpos sueltos, liberados. Empecé a ver personas a las que no les importaba el canon o la norma, personas que se daban cuenta de que la belleza no era patrimonio de unos pocos cuerpos hegemónicos.


El feminismo me enseñó muchas cosas. Me enseñó a tener un pensamiento crítico, me enseñó a defender mis convicciones. A comprometerme con las militancias que me interpelan. A ser más empática con las personas. A reconocer y valorar la sororidad que me rodea. Pero una de las cosas más importantes que me enseñó el feminismo fue a quererme a mí misma y a les demás; a dejar de juzgar. A dejar de pensar que existe una forma correcta de existir o de tener un cuerpo. El empoderamiento de las pibas que no tienen miedo de exhibir su belleza me enseñó a quererme a mí también.


Ir al Encuentro Plurinacional de Mujeres y Disidencias en La Plata fue rodearme de cuerpos libres. Vi personas mostrando sus cuerpos sin depilar, mostrando sus tetas, mostrando distintos colores de piel, distintas texturas de cabello; vi personas trans, personas discas, personas con acné, personas hermosas y diversas mostrando amor hacia sí mismas y hacia les demás. En el encuentro, no existían los prejuicios ni los estándares de belleza patriarcales y misóginos. En el encuentro todes eran mis compañeres.


El recorrido para aprender a quererme es largo y tedioso y lo vengo transitando desde hace mucho tiempo. Pero después de esos tres días en La Plata, siento que me quiero un poquito más. Hoy, salgo con pollera. Y espero que sea la primera de muchas veces.


@2019 REVISTA MANTIS

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