• REVISTA MANTIS

Desencuentros

Por Sasha Pilarczyk -


La miré mientras reposaba a mi lado. Yacía con tanta calma que temí hacer un movimiento demasiado brusco y romper la quietud que nos atravesaba.

Quise acariciarla, besarla, abrazarla. Quise decirle que no se vaya, que no me deje nunca. Que si ella quería, este momento podía ser eterno, que nunca se transformaría en un recuerdo.


Pero no lo hice, ya que tenía la cruda certeza de que ella no compartía mis anhelos.

Sí, se encontraba a mi lado, pero no estaba realmente conmigo. Y creía que nunca lo iba a estar.


Collage por María Emilia Giordano -

Suspiré exageradamente, esperando de forma vana alguna respuesta de su parte, pero como supuse fue inexistente.


Yo sabía que le estaba exigiendo cosas que no podía darme o que sencillamente no quería. Y estaba bien. Solo que no podía evitarlo. Me invadía la ternura cada vez que la veía; no quería ya dejarla escapar, y el saber que esa reciprocidad era inexistente me estaba haciendo añicos.


De repente interrumpió mis pensamientos con un beso húmedo que aterrizó en mi frente y comenzó a acariciarme de manera suave los recovecos de mi pecho. Me quedé tieso por temor a espantarla.


Con ella todo era temor: temor a que se vaya, temor a que nunca me quiera de la manera que yo lo hacía, temor a que me deje.


No podía comprender por qué no quería formar una relación conmigo si no tenía ninguna otra atadura.


Pero de nuevo me surgió el temor. El temor de que si se lo expresaba, ella ya no volviera, y no podía vivir sin ella.


Por un instante sentí que vislumbró ese sentimiento, separó los labios con suavidad y comenzó a esbozar su repetitivo discurso de lo feliz que la hacía la libertad. Esa libertad que para ella era vivir sin ataduras y también sin tapujos. Vivir sin tener que dar explicaciones ni tampoco pedirlas.


Pero esa libertad a mí se me representaba como un castigo; no podía evitar concebirla como un karma.


Sabía que ella no actuaba con maldad, pero me hacía sentir miserable.


Entonces, mientras me reclinaba para observarla con más detenimiento, esbocé esas palabras que pensé que nunca podrían salir de mi boca. Pero lo hicieron. Expulsé todos mis sentimientos de una forma tan rápida como efímera.


Esperé sorpresa de su parte, pero no la hubo. En sus ojos se percibía la llegada de un momento inevitable.


—Fue hermoso— me susurró al oído mientras me agarraba las manos en un intento fallido de que cesara su temblor. —Fue hermoso— continuó. —Podría seguirlo siendo. Podría ofrecerte mi mundo entero si vos querés, y estar juntos para siempre. Solo que no puedo prometerte que seas la única persona a la que se lo ofrezca.


Y ahí, en ese momento tan doloroso, una epifanía recorrió mi cuerpo y se incrustó en mí.


Por más esfuerzos que yo hiciera ella no iba a cambiar. Y eso estaba bien.


Y por más esfuerzos que ella hiciera yo tampoco iba a cambiar. Y eso también estaba bien.


Dubité. Temí que todo esto fuera un grave error. Pero decidí continuar. No podía vivir una vida tratando de modificar a una persona solo para sentirme bien yo. Para tenerla solo conmigo.


Silencio. Tanto silencio. Ella se levantó de la cama y comenzó a vestirse; la delicadeza con que lo hacía la asemejaba a una danza que me hipnotizaba.


Yo estaba embobado. Parecía petrificado ante el amor que por mi culpa se escurría de mis manos.


Me abrazó fuerte, muy fuerte y nos besamos con la tenacidad y la pasión de quienes perciben que se encuentran en la culminación de algo maravilloso.


Y ella se fue, así como si nada. Sin mirarme siquiera. Y sentí la insignificancia que ocupaba en su vida.


Pero no podía claudicar. No podía arrepentirme. Si lo hacía, sabía que me esperaba un futuro con más sufrimiento que felicidad. Que pasaría toda una vida tratando de que suceda lo imposible. Que esperaría vanamente el cambio de alguien que se rehusaba a hacerlo.


Pero no me aguanté. No sé si es porque soy masoquista o simplemente no conozco otra manera de actuar.


Me vestí con rapidez y salí corriendo detrás de ella. A suplicarle que vuelva. A pedirle perdón como un niño chiquito que ha cometido una travesura y ruega que lo perdonen. Que lo acepten. Que lo comprendan.


Ella me miró con más compasión que cariño, y acompañados por mis lágrimas y un silencio que inundaba el ambiente volvimos a mi departamento. Volvimos al punto de partida. A mí tratando de acapararla y a ella resistiéndose. Volvimos a tener un futuro juntos. Un futuro en el cual el protagonista iba a ser mi desconsuelo, siempre mi desconsuelo.


Pero no me importaba, porque al fin y al cabo ella estaba conmigo.

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