• REVISTA MANTIS

Cuarentena de película III

La reina del miedo


Texto e ilustración por diamantEdulce -


Elijo esta película en este presente de miedo. Acá, el miedo es protagonista. La decisión es cohibida incesantemente, obligando a la vulnerabilidad a asirse de un recurso fundamental para poder contribuir en el colectivo, en la producción de sentido, en la construcción común. Este recurso es encarnar el no saber con el coraje de actuar. Si solo hay una forma de construir, la exclusión es inevitable y la dualidad se instaura oprimiendo a la diversidad, negándola, ya que esta es y existe, por sobre todo lo que podamos intelectualizar. Solo quien adivina sombras en una caverna puede concebir la posibilidad de la inexistencia de la diversidad. Quien se asoma a la luz cósmica, ya sea solar, lunar o de las propias estrellas, notará la diversidad frente a sus ojos. Y después de este despliegue de posibilidades de ser, tal vez cierre los ojos, y note la infinita diversidad que le compone.


La película fue dirigida, escrita y protagonizada por la misma artista (Valeria Bertuccelli), quien no solo escribió sobre el miedo, lo representó, decidió sobre su exposición; sino que, luego de realizar la película, lo encarnó fuera de la pantalla grande para realizar una denuncia explícita a su maltratador. Me parece destacable este hecho, porque hoy nos permite hacer una lectura posible y fértil siguiendo el lazo invisible que la vincula con la producción artística de la denunciante. En su denuncia, habló de maltrato profesional. En la película —anterior a la denuncia, como quien presiente la tormenta, gesto que se queda de manifiesto en la película cuando Robertina, la protagonista, sale del teatro y constata con su mano las gotas de una lluvia que todavía no cae pero sí lo hará instantes después— ella es la actriz que se encuentra ensayando su obra, y sufre en su trabajo un menosprecio naturalizado que no está dispuesta a soportar. Mientras superficialmente parece estar soportándolo, se entrevé un tejido de silencios difícil de recuperar a simple vista. Se expone una profundidad, un llanto, la subjetividad de Robertina, tan fundamental en el relato, que solo puede traducirse por empatía. Llega directamente al sentimiento; la impotencia, por ejemplo, de la decisión vulnerada.

En su denuncia, Bertuccelli habló de una renuncia que fue tergiversada por la prensa de la obra, quienes la redujeron a un estereotipo de mujer que nada tiene que ver con su decisión como profesional. La prensa dijo, como indicó ella en su denuncia, que “como cualquier mujer se enamoró del actor y se confundió”. En la película, cuando ella decide no hacer la obra en el estreno, la recomendación de su colaborador es llamar una ambulancia y declarar la insania para responder por los gastos de la producción teatral. Lo no-dicho en la película, pero sí representado, leuda con el tiempo, y luego del fuego de su denuncia, los silencios toman un vigor aún más impactante, el sabor es más contundente y así la fragilidad se nutre por el coraje sin desdibujarse. Seguirá siendo fragilidad. Una fragilidad material, como una gota de agua, que al ser atravesada por la luz, expone el multi-verso del color, toda su potencialidad; como una lágrima. No es cuestión de demostrar, sino de ser. Ser o no ser, antiguo dilema de teatro. Ser la Reina del Miedo; así lo demás ocurre consecuentemente.


Siento que en la película se resuelve disolviendo esta “o”. Ser-no ser. La dualidad se integra, desintegrándose a sí misma. Sin dualidad se disipa la duda. No se contrapone la certeza para que se disipe la duda, sino que la integramos a lo desconocido: no se sabe, se sabrá; se confía. Se confía en une misme, mientras la desconfianza reina, reina el miedo. Este es el recurso que nos ofrece Bertuccelli en su obra cinematográfica. Si se confía, se encarna nuestra posibilidad de ser en el miedo. Así podemos ver a La Reina del Miedo, a Robertina, ser en su reino espectral. Confía en sí misma, en medio de lo desconocido, incluso cuando este se manifiesta de la forma más desafiante posible, la muerte inminente del reinado de su amigo. Confía: “andá tranquilo, que yo te espero acá. Nos vemos pronto ¿escuchaste?”, dice Robertina. Vida-muerte-vida, ser-no ser, así se integra la polaridad, confiando en la interconectividad. Confío en que hay una vinculación invisible entre la película y su denuncia, aunque no esté dicho tal lazo. Habitar este miedo de no saber integrándolo a cada instante, trabajando con él. La confianza de no saber, que surge de sentir: no sé lo que siento pero siento lo que no sé. ¿Qué lugar tienen nuestros sentimientos, nuestra subjetividad, en la construcción de sentido? ¿No es este acuerdo en el que las identidades alternativas al hombre no participamos, esta objetivación, y este valor que se pone a lo “objetivo” como “verdadero” lo que nos conduce a una hegemonía de “ser” que ya no coopera con la humanidad sino que le aprieta el cuello, sofocando, separando la cabeza del corazón? ¿Qué es el corazón? No sé. Siento.


No saber y al mismo tiempo tener el coraje de experimentar para conocer. El “no sé” de la Reina del Miedo es distinto a la duda; es un “no sé” que sabe. Es un “no sé” que asegura que sabrá en el justo momento de ser. Es un “no sé” distinto a la ignorancia, que dice “saber” cuando no sabe. Es su herramienta de producción. El “no sé”, salvaguarda la fragilidad de su ser. No construirá su obra a partir de responder a las dudas que emite todo su entorno respecto a quien depositaron confianza; una confianza que no es, y sin embargo está en juego. La protagonista construirá desde su incertidumbre, porque ella confía en su creatividad, conoce su potencial profesional, y asume su fragilidad frente a lo desconocido.


Apela a la confianza. Siembra este valor en las asperezas de un terreno que antes de desconocer esta siembra, cree conocerla y la desvaloriza. “En la realidad, la confianza pierde”: así tal vez piensa el que obliga, el que impone. Esta ser reina, tanto dentro de la película como fuera. Reina para crear realidad; para realizar. Reina como personaje. Reina como directora. Reina como protagonista de su propia vida al denunciar a un maltratador. Reina, como quien actúa. Reina el miedo, su voz tiembla en la denuncia, y llora su protagonista, y se arroja como directora en un ámbito donde las mismas son menospreciadas. Reina porque decide en su propio tiempo y forma. El maltratador es el rey intocable en un trono de prestigio absurdo. Las directoras argentinas hacen muchísimo con muy poco apoyo. La historia de tantas mujeres sumidas en la carencia espiritual y material que genera la dependencia patriarcal. Esta figura del patriarca que llega como protector, dios benefactor, que protegerá con su “fuerza” a la fragilidad para que no se rompa. ¿De qué nos protege la fuerza sino de su propia potencialidad? ¿Reconocemos la fuerza creativa de la fragilidad, la fuerza de la ternura que une? La unión hace a la fuerza, dice una Bolivia oprimida.

Por eso recomiendo ver esta película, donde el sentir es la clave. El sentimiento es un canal de producción de sentido complementario a la intelectualidad. Es un recurso explorable y fértil, que podremos tomar si lo valoramos. Valorar los propios miedos fecunda la valentía de une misme, y la valentía es invaluable.



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