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Amor o nada

Por Sasha Pilarczyk -


Hace un tiempo escuchamos a Virginia Godoy (mejor conocida como “Señorita Bimbo”) relatar que le había escrito un mail a un varón en el que le decía “amor o nada”. Y la frase me quedó dando vueltas por la cabeza, en estos tiempos en que el amor parece tan volátil y la demostración de cariño o afecto se muestra como una debilidad.


Ilustración por María Emilia Giordano -


Amor o nada no significa “sos mi novio o nada”, afirma Bimbo. Significa que podemos ser cualquier cosa, pero siempre con amor. Pasar un rato juntes, tener sexo, tomar un helado y disfrutar de nuestros cuerpos, siempre con respeto. Podemos ser cualquier cosa que consensuemos ser, pero entendiendo a la otra persona como un fin en sí misma y no como un medio para conseguir satisfacernos a nosotres mismes.

Existen muchos miedos de que el sexo se parezca a otra cosa, de que si te abrazo, te acaricio o te doy un beso de más genere una incómoda confusión. El sexo no significa la promesa de nada, pero no por eso nos da el derecho a tratar al otre como un ente inanimado.


Surge entonces, en estas nuevas maneras de relacionarnos, una contradicción (que a mi entender no es tal) entre la libertad y el amor. Da miedo admitir el deseo por le otre, tomar la iniciativa, hacerse cargo de lo que queremos y apropiarnos de eso.

Tenemos que empezar por problematizar el concepto de amor romántico, que no es otra cosa que amor capitalista.

Lo único que permite es amar heterosexualmente, de forma monógama y por el resto de nuestras vidas. Como contrapartida de este amor que pareciera ser más cultural que otra cosa, surgen un montón de movimientos de experimentación sexual y relacional: el amor libre, el poliamor, las relaciones abiertas, entre otros, que rompen con el mandato hegemónico que nos ha sido impuesto históricamente.


Amor o nada no puede estar limitado a las relaciones heterosexuales, sino que rompe con la idea de que si no queremos de determinada forma o a determinadas personas, lo estamos haciendo mal.


En la actualidad pareciera que el sexo es más negocio que disfrute, donde en las revistas te muestran posiciones innovadoras, geles íntimos para encender la intimidad y te enseñan cómo llegar a tener un buen orgasmo. Y de nuevo siento que existe un aprovechamiento y un lucro con el deseo, se lo encierra y no se lo deja fluir, lo reprime. Nos reprimen. No nos dejan apropiarnos de nuestro deseo.


El deseo, como el sexo, no puede ser estructurado: tiene que ser desafiante, revelador, transgresor. No puede pasar por el deber. No es el momento de quedarnos callades, de ser sumises, hay que decir “sí”. No es necesario sentirse deseades, es el tiempo de ser deseantes, mandades, de ser increpantes. Es el tiempo del querer y del placer. Pero siempre con nuestras propias reglas. Y eso jode.