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Amar a alguien libre (parte dos)

Por Laila Massaldi -


III


Cuando amás a alguien libre, lo hace ver todo tan fácil. Vive el amor de una manera que te parece la más sana del mundo. Le requiere cierto esfuerzo y atención pero logra disfrutarlo plenamente sin sufrir: te da su amor y recibe el tuyo y no necesita más que eso. Vos le admirás muchísimo y te sentís afortunade de estar con alguien que te enseña tanto todos los días.


Porque cuando amás a alguien libre te encontrás con que vos también sos libre. De a momentos lo tenés clarísimo y te hace profundamente feliz y sentís que tienen el amor más sano y fuerte del mundo. De a momentos darte cuenta te da miedo, incertidumbre, incluso un poco de vértigo; aparecen los bichitos que te hacen dudar de la relación y de si este es el amor anhelado, así de independiente, así de distinto a lo que esperabas.


Y en medio de estos vaivenes, de a poquito, vas ganando tus pequeñas grandes batallas, algunas más fáciles que otras.


Por primera vez le peleás al amor tal como te fue enseñado. El amor es un sentimiento inexplicable, pero te parece que no es (no tendría que ser) querer cerca a la otra persona pase lo que pase: el amor es ahora querer lo mejor para le otre, lisa y llanamente. Por supuesto que es también querer estar juntes, pero siempre que eso sea, efectivamente, lo mejor para ambes. Revolución absoluta.


Aprendés por ejemplo que animar a le otre a que persiga sus sueños, incluso aunque implique alejarse, no significa que no haya amor o que este amor no sea tan fuerte porque están dispuestes a dejarse ir. Significa que quieren verse volar lo más alto posible, alcanzar su máximo potencial, crecer hasta ser las personas que quieren y atravesar todas las experiencias que deseen vivir. Que el amor no sea una correa de poco alcance sino un calorcito en el pecho, que les acompañe para transitar caminos lejanos con más alegría, más seguridad.


Entendés también que el objetivo no es estar juntes para siempre sino crecer y amarse. Es el amor por el amor mismo, el compartir por el compartir mismo. Es entregarse sentimentalmente a le otre sin que sea un pacto de acompañamiento eterno sino una oda al presente que se renueva a cada paso. Un presente que eligen pasar juntes, dure lo que dure. Aprendés a hablar de amor infinito y no tiene nada que ver con que dure toda la vida. Sentís que vencieron el tiempo: que el tiempo nos gana a todes pero que, les dos están segures, lograron trascenderlo.


Ilustración por Ana Raneri -

IV


Pero la guerra no está ganada, y seguís lidiando con todos esos años de pensar distinto que tenés encima. Festejás tus victorias, y las festejás con elle, pero sufrís tus derrotas y a veces no le querés contar. Sabés que elle puede y vos también quisieras poder pero no te resulta fácil, y no siempre entendés la maraña de sentimientos que estás luchando por desenredar. Y elle te explica cómo hace y vos le entendés, pero a veces te sale llorar, y sufrir, y te culpás por sufrir y por no ser todo lo libre que (ahora sabés) se puede ser. Te culpás tanto que tenés que pasar a contarlo en primera persona, para hacerte cargo y admitirte a vos misme las derrotas pasadas y las batallas venideras.

Si me cuesta impulsarte a que crezcas y te vayas lejos, no es porque no quiera lo mejor para vos. Te amo pero sigo peleando por desterrar el amor egoísta, sigo queriendo tenerte cerca mucho tiempo y queriendo que vos quieras tenerme cerca por igual.

Quiero que la forma en que valorás cómo soy, y cómo somos juntes, alcance para que quieras realmente que me quede en tu vida, no para siempre, pero que digas que sí, que ojalá sigamos así, que las cosas son mucho mejores porque estoy con vos, porque compartimos todo esto, que no daría lo mismo si no lo hiciéramos, o si estuviéramos con alguien más.


Vos sos completamente feliz sabiendo que nos amamos hoy y de verdad no te importa lo que pase mañana y me resulta alucinante. Yo quiero hacer lo mismo pero tantas veces no me sale, yo también siento que nuestro faro es un instante eterno y me parece lo más valioso del mundo, pero también quiero esa ilusión de seguridad, de que elegimos estar juntes este instante y muchos de los que sigan, más allá de si después los sentimientos cambian o no. No quiero que seamos lo más importante del mundo para le otre pero que sí nos reconozcamos esa importancia, porque cuando hablamos de esto siento que me podrías dejar ir de un día para el otro y estar bien con eso y me duele un poco y lo lucho pero me duele igual. Y si pasa, en el fondo sé que yo también voy a estar bien, pero a veces me cuesta disfrutar plenamente la relación con esta voz interna que me dice que independencia y amor no van de la mano, a menos que uno de los dos sea un poco de mentiritas.


Y sí, a veces quiero tener el amor más meloso y dependiente del mundo, como si fuera un escape posible a sufrir menos por todo esto. Va en contra de todo lo que pienso y defiendo, pero en algunos momentos lo deseo realmente. Fantaseo con que no nos imaginemos la vida separades, que seamos capaces de dar todo por le otre, que planeemos el futuro juntes, que seamos lo más hermoso de nuestras vidas. Pero no puedo negar que me atrae la libertad y que siempre me atrajo, quizá porque me parece fascinante, hay un poco de ella en mí pero no la entiendo del todo, y cuando la veo en otres la admiro, y la persigo para que se instale en mí. Elijo la libertad por más que a veces me de miedo, o sienta que me estoy perdiendo de algo, de ese amor que se jura para siempre, que se necesita, que sienten que son dos mitades de un mismo ser.


V


Amar a alguien libre es aceptar de antemano que el amor verdadero no necesariamente dura toda la vida, que siempre dependemos primero de nosotres, que nadie va a poder entendernos ni conocernos por completo, y que no existe nadie que vaya a completarnos o a cumplir nuestras expectativas al cien por cien ni nosotres las de elles.


Amar a alguien libre también es darse cuenta de que el amor así puede ser inconmensurablemente inmenso. Estar juntes no es cuestión de simple compromiso, ni de costumbre, ni se nutre de miedos o inseguridades (por más que existan). El amor solito alcanza para sostener todo.


Amar a alguien libre es mambearse un montón y dar mil vueltas y querer teorizar todo y dudar mucho y racionalizar los sentimientos y trabajarlos para no sufrir y fallar a veces y reírse mucho y llorar mucho también. Y cuando parece que no tenés nada en claro, te imaginás a esa persona sonriendo y sonreís. (Así, tal cual, me surge la sonrisa en la cara mientras escribo).


Querés que sonría siempre, por encima de cualquier otra cosa. Una parte de vos siempre va a querer que seas una parte de la causa de esa sonrisa, de un poquito aunque sea, con la punta de la comisura izquierda ya estás conforme. Pero si tenés que elegir, elegís que sonría siempre, aunque vos no tengas nunca más nada que ver. Y elegir eso, para vos, es una victoria enorme.


Así que sí, tenés tus momentos de debilidad, de desear que todo sea distinto, más fácil, que te atraviese menos lo más profundo del alma y que no sacuda tanto tus certezas, que no vaya directo al ataque de tus inseguridades. Pero por algo no abandonás el barco y es por mil razones. Pero quizá la principal sea que el amor es inmenso, más inmenso de lo que jamás creíste posible, y que sospechás que el amor en esta forma, que todavía estás aprendiendo a vivir, con el nivel de compromiso que requiere con une misme y con le otre, este amor tan uno con la libertad, es uno de los mejores horizontes hacia los que caminar.


Septiembre 2017.